—Lo más seguro es que ataquen aquí.
Agustín desdobló un mapa de la nada y señaló un punto específico.
Era una zona montañosa con desfiladeros, curvas cerradas y terreno difícil. Justo debajo del acantilado corría un río de aguas rápidas y violentas. Un mal movimiento y se irían directo a la muerte.
Cecilia calculó la distancia mentalmente. A la velocidad que iban, llegarían a ese punto en unos diez minutos.
Con razón los autos los estaban acorralando cada vez más.
—Estos tipos de Estrellonia están locos... de toda la gente con la que podían meterse, ¿escogieron a las fuerzas armadas de Mirasia?
Los militares no eran diplomáticos de escritorio; si los provocabas, te respondían con plomo.
Montar un laboratorio ilegal en el Monte Nebuloso ya había sido suficiente para firmar su sentencia de muerte con las tropas locales.
Y ahora, estar hostigando a un convoy militar era prácticamente un suicidio. Cuando el Subcomandante Juárez terminara de limpiar el desastre en la montaña, seguro los cazaría hasta el fin del mundo.
—Los espías oficiales de Estrellonia no serían tan estúpidos como para provocar al ejército. Pero las reglas del juego cambiaron.
—Los que nos siguen probablemente no sean agentes del gobierno —explicó Agustín, con el ceño fruncido—. ¿Ya olvidaste a Tiago, el infeliz que te secuestró? Sigue libre.
—En Viento Claro no hay registros de su captura. Como la situación era de vida o muerte, el Capitán Lara le dio prioridad al rescate.
Cristhian Lara no había ido tras él personalmente, y los agentes enviados a rastrearlo aún no reportaban novedades.
Si el ataque de hoy era una venganza orquestada por Tiago, todo tenía sentido.
Ya no se trataba solo de capturar a Cecilia con vida; probablemente querían masacrarlos a todos.
Agustín no conocía los detalles del interrogatorio del Departamento de Seguridad Especial al tal Augusto y a la tal Vanesa, pero por la actitud de Tiago, sabía que ese tipo no aceptaba una derrota.
—Si es gente de Tiago, entonces todo encaja —dijo Cecilia, con la mirada fría.
Cecilia no quería tener muertes en su conciencia. Era la primera misión de los chicos; no iba a dejar que perdieran la vida por ella.
Sara y José la miraron casi ofendidos.
—¿Cómo cree que la vamos a dejar morir, joven líder? —protestó Sara de inmediato—.
—Los dos somos expertos nadando. Podemos sacarla del agua sin problemas.
—El detalle es que... si la salvamos a usted, a lo mejor no nos dan las manos para salvar al señor Sandoval...
Como la joven líder parecía estar muy encariñada con su prometido, Sara se preguntaba si le rompería el corazón que él se ahogara.
Cecilia se llevó una mano a la cara, conteniendo una sonrisa.
—No se rompan la cabeza. Haremos lo que se pueda. ¿Quién quita y al final es el señor Sandoval quien nos termina salvando a todos?

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