Todos se reunieron para cantarle el feliz cumpleaños a Estella.
—¡Vamos, Estella, pide un deseo!
Cecilia le pidió a Agustín que apagara las luces mientras ella encendía las velas del pastel.
En cuestión de cinco minutos, Macarena le había hecho un maquillaje exprés a Estella, usando los mismos productos que le acababa de regalar.
Mireya, por su parte, le colocó una pequeña corona brillante en la cabeza.
Todas las miradas estaban puestas en ella. Cecilia sacó su cámara para capturar el momento.
Macarena también comenzó a grabar un video con su celular.
Por primera vez en su vida, Estella se sintió como el centro del universo, rodeada de cariño.
Las lágrimas le humedecieron los ojos, brillando a la luz de las velas como dos pequeñas estrellas.
Con mucha seriedad, juntó las manos a la altura del pecho y cerró los ojos para pedir su deseo.
Luego los abrió y, de un solo soplido, apagó las velas.
Mireya moría de curiosidad por saber qué había pedido, pero se contuvo y no preguntó.
Simplemente le acercó el cuchillo para cortar el pastel.
—¡Venga, Estella, a partir el pastel!
Estella tomó el cuchillo de plástico y escuchó a Mireya recitar animada:
—¡De arriba a abajo, que nunca te falte el trabajo!
Siguiendo sus instrucciones, Estella hizo un corte recto hacia abajo.
—¡Y de lado a lado, que siempre estés bien acompañado!
Estella hizo el segundo corte, con una sonrisa que no le cabía en el rostro.
Era la primera vez que sentía que cumplir años podía ser algo tan lleno de alegría.
En su casa, el día de su cumpleaños era una fecha que ni siquiera se atrevía a mencionar.
Todo porque había nacido mujer. Su madre recibió reclamos por haber dado a luz a una niña y ni siquiera le dieron un buen plato de sopa caliente para recuperarse.
Sus padres siempre pensaron que ella era una decepción, ¿por qué habrían de querer celebrarle un cumpleaños?
—¡De verdad, gracias a todos!
Estella apenas había tomado una copa de vino espumoso, pero sentía que con solo comer el pastel ya estaba mareada de felicidad.
La última vez que se había sentido así de feliz fue cuando recibió la carta de aceptación de la Universidad de Viento Claro.
No, ni siquiera entonces fue tan feliz.
Porque, aunque tenía la carta, aún tenía que lidiar con sus padres para que la dejaran ir a estudiar.

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