Cuando Cecilia salió, el señor Boris ya había mandado a pedir el almuerzo.
En cuanto ella terminó de revisar a Amelia, él ordenó que le sirvieran la comida.
—Doctora Ortiz, por favor, coma algo primero.
—No quisimos prepararle el desayuno para no interrumpir su descanso.
El señor Boris intentó justificarse con tacto: —Ya casi es mediodía, coma con calma y, si gusta, puede volver a descansar un rato más.
—No hace falta que duerma más. Comeré algo y me regresaré.
Cecilia no rechazó la comida; sentía que se la había ganado con todo el trabajo de la noche.
Mientras hablaba, no pudo evitar bostezar.
—Señor Corrales, puede estar tranquilo. El problema de Amelia ya no es grave; sus signos vitales se han estabilizado.
—Si hace un momento despertó por unos segundos y volvió a desmayarse, es simplemente porque sus órganos aún se están recuperando y no tienen la energía suficiente para mantener su cuerpo activo.
Cecilia hizo el esfuerzo de explicarlo con palabras sencillas.
Boris lo entendió perfectamente.
—Le pido una disculpa, doctora Ortiz. A veces, como familiares, la angustia nos nubla el juicio.
—Por eso le pedimos que se quedara.
—Mi padre me comentó que usted es una doctora brillante, y el doctor Ramírez también nos dijo que utilizó una medicina sumamente invaluable para salvar a Amelia.
—Esto es para cubrir los honorarios de la consulta. Espero que no le parezca poco.
Boris deslizó una tarjeta bancaria en la mano de Cecilia.
Ella ni siquiera preguntó cuánto dinero había en la cuenta; simplemente la aceptó.
Ella no necesitaba el dinero, y a la familia Corrales tampoco le hacía falta. Para gente como ellos, el dinero era solo un número.
Sin embargo, Cecilia ya tenía en mente en qué invertir esos honorarios.
Se había quedado sin Píldoras de Renovación, así que necesitaba preparar más.
Aunque los ingredientes eran rarísimos, aprovecharía las vacaciones de verano para hacer una expedición al Monte Blanco.
—A decir verdad, no debería aceptar esto. Dejando de lado la tarifa de consulta, la medicina natural que usé sí es bastante costosa, así que...
Cecilia dio una pequeña justificación.
No le importaba si Boris le creía o no, pero la verdad era que no le estaba cobrando ni un centavo de más.
—¡Acéptelo, por favor! Es lo correcto. —Boris nunca consideró no pagarle.

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