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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1661

—Quédense aquí comiendo, voy a salir a revisar qué pasa —dijo Cecilia, frunciendo el ceño.

Su mayor temor era que vinieran por ella.

Si ese era el caso, quedarse junto a los demás médicos solo los pondría en un peligro inminente.

El doctor Acosta no estaba dispuesto a dejarla salir sola.

El doctor Fabio Calvo dio un paso al frente.

—Te acompaño.

Cecilia intentó negarse, pero Fabio no le dio oportunidad.

—Si no me dejas ir contigo, todos aquí nos quedaremos preocupados.

—Además, soy un hombre hecho y derecho, y tú una mujer joven. En realidad, lo mejor sería que te quedaras aquí adentro.

Cecilia entendió la indirecta: si no llevaba a Fabio, no la dejarían salir.

—De acuerdo, vamos juntos.

Sin prestar atención a las opiniones del resto en la mesa, ambos salieron a toda prisa.

Afuera, Sara y José fruncieron el ceño al ver salir a Cecilia.

José se acercó a echar un vistazo. El herido era un hombre de mediana edad que había recibido un impacto de bala.

Tenía toda la intención de ayudar, pero la escena era un caos y temía que todo fuera una trampa de la Organización Amanecer para alejarlos de Cecilia.

Por eso, se quedó clavado en su sitio.

Cecilia y Fabio salieron directamente hacia el hombre que yacía en un charco de sangre.

Con una coordinación envidiable, comenzaron los primeros auxilios.

—Por favor, despejen el área. Somos médicos.

Los curiosos, que dudaban si acercarse a ayudar, retrocedieron al escuchar que había profesionales a cargo.

—Ayúdenme... busquen a alguien para entregarle esto a Cristhian...

El hombre apenas pudo balbucear. La bala había impactado cerca de su corazón y perdió el conocimiento antes de terminar la frase.

Con sus últimas fuerzas, deslizó un objeto en la mano de Cecilia.

Sin dudarlo un segundo, ella se guardó el objeto en el bolsillo y procedió a detener la hemorragia con una calma pasmosa.

En el trayecto, Cecilia llamó a la policía de tránsito para pedir que les abrieran paso, y condujo a toda velocidad, pasándose los semáforos en rojo hasta llegar a urgencias.

En otro auto, Sara y José pisaban el acelerador a fondo, pero no lograban alcanzarla.

—¡Si le pasa algo a la joven líder, será nuestra culpa! —exclamó Sara con los ojos muy abiertos. Ella había sugerido evitar que Cecilia condujera, pero José la había detenido.

¿Acaso salvar a un desconocido era más importante que protegerla?

José giraba el volante con tanta fuerza que parecía a punto de arrancarlo.

—No es solo culpa nuestra. La joven líder es muy impulsiva, ¿o no?

—Si hubiéramos intentado detenerla, nos habría mandado al diablo.

Sara lo sabía perfectamente.

Tenía un temperamento explosivo y odiaba sentirse inútil.

—Solo ruego al cielo que esto no sea una trampa para separarnos de ella.

—Si resulta ser obra de esa dichosa Organización Amanecer, juro que pediré un traslado a Estrellonia para hacer volar su base en pedazos.

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