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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1678

Agustín dejó escapar una levísima sonrisa. —Así es.

Israel había entregado su vida entera a la patria; nunca se casó ni tuvo hijos, por lo que los romances de los jóvenes le parecían un enigma indescifrable.

Sin embargo, conocía bien a Agustín y sabía que siempre había sido un témpano de hielo. Ver cómo el acero más duro se derretía por amor era todo un espectáculo.

Pero, claro está, eso a Israel no le importaba en lo más mínimo.

—¡Aunque sea tu prometida, no le voy a regalar nada! —enfatizó el veterano.

Agustín confiaba ciegamente en ella. —Ceci no necesita que le hagan favores.

Israel enarcó una ceja. Típico de los jóvenes, el amor los dejaba ciegos, pero él no caería en ese juego.

Cumpliendo su palabra, el viejo no tuvo piedad. La prueba que le asignó era el examen final con el que torturaba a sus propios ingenieros.

Pero lo que no esperaba era que Cecilia destrozara el código en un tiempo récord histórico.

La actitud de Israel dio un giro de ciento ochenta grados. De repente, la miraba como si fuera el santo grial.

—Ceci, mi niña... escuché que estudias medicina. ¿No te interesaría cambiarte de carrera?

—No —la respuesta de Cecilia fue fría y tajante.

¿Qué más podía decir Israel? Tenía ganas de insistirle, pero lo urgente apremiaba.

Le entregó la codiciada USB y le mostró el registro de los desastrosos intentos de su equipo. Él mismo había intentado descifrarla, pero al fracasar, no se atrevió a seguir. Ese tipo de candados solía activar un virus de autodestrucción si se fallaba tres veces.

El dispositivo estaba infectado hasta la médula.

—Nos quedan dos oportunidades. Iba a intentar de nuevo, pero...

Israel odiaba admitirlo. Le dolía en el orgullo aceptar que los años le pesaban y que, a veces, la tecnología avanzaba más rápido que él.

Quiso que su aprendiz lo intentara, pero los mandos superiores se lo prohibieron rotundamente.

Si buscaron a Cecilia, fue precisamente porque ella ya tenía experiencia neutralizando mecanismos de autodestrucción.

Además, la forma en que Cecilia programaba le recordó a Israel a un legendario hacker internacional que había saltado a la fama en los últimos años: O.

—Por eso no quiero que te presiones demasiado ni que intentes hacerte la heroína si ves que no puedes.

—Es verdad que aún no estás al nivel de O, pero si dejas la medicina y te dedicas a esto al cien por ciento, ¡te juro que lo superas!

—Eres joven, tienes todo el futuro por delante. ¡No te rindas!

Cecilia no tenía ganas de soltarle la verdad en la cara, pero le aclaró su postura: —No voy a dejar la medicina. La programación es solo mi pasatiempo.

—Y tampoco me interesa competir con O.

—Después de todo, O es el número uno del mundo.

Como nadie conocía la edad real de O, Israel asumía que era un veterano de la industria, por lo que estaba convencido de que la juventud de Cecilia le daría la ventaja para superarlo algún día.

—No te menosprecies —le dijo Israel, rebosante de amabilidad desde que ella pasó su examen con honores.

Cecilia se limitó a encogerse de hombros sin confirmar ni negar nada.

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