Aunque quería ganarse a clientas ricas como Cecilia y su grupo, tampoco deseaba meterse en problemas con el gobierno del Estado Zen.
Esperanza era astuta y escurridiza; cuanto menos interés mostraba Cecilia, más empeño ponía ella en venderle la idea.
Como era de esperar, Cecilia adoptó una expresión de intriga.
—¿Ah, sí? ¿Y de quién se trata, doña Esperanza? ¿Por qué dice que cumple perfectamente con lo que busco?
Esperanza comenzó explicando que la policía estaba tras él, que seguramente tenía algún asunto grave encima y que, al ser evidentemente Mirasiano, el caso podría escalar a nivel diplomático.
Era un problema de los gordos.
Sin embargo, como Cecilia y sus acompañantes también eran de Mirasia, llevarse a un compatriota para usarlo como sujeto de pruebas —aunque reprobable moralmente— les daba la excusa perfecta para sacarlo de ahí bajo el pretexto de "salvarlo".
Si en el futuro las autoridades de Mirasia investigaban, siempre podrían alegar que murió sin dejar rastros.
Al intentar salvar a alguien, no era extraño que terminara muriendo "por accidente", ¿verdad?
—El hombre está malherido, pero se nota a leguas que es fuerte como un toro. Si le haces uno o dos tajos, no se va a morir, de eso estoy segura.
—No como otros debiluchos que andan por ahí y que no sirven para experimentos.
Quién sabe si esos "debiluchos" a los que se refería Esperanza eran habitantes locales del Estado Zen.
Pero a fin de cuentas, eso no importaba.
Ambas partes siguieron fingiendo interés, tirando y aflojando en la negociación.
Al final incluso hablaron del precio.
Pensando únicamente en deshacerse del sujeto, Esperanza solo pidió lo suficiente para cubrir los gastos médicos y los cuidados de los últimos días.
Por su parte, el verdadero objetivo de Cecilia era rescatar al hombre, así que su intento de regatear fue puramente protocolar.
Al final, Cecilia compró a Cristhian por ocho mil dólares.
Esperanza tomó el pago inicial con una mueca que parecía decir: "Te llevaste una ganga y encima te quejas".
—Este tipo vale cada centavo. Tiene un rostro bastante guapo, lástima que mis recursos médicos sean limitados.
—Hermana, si dices que saben de medicina natural, te aseguro que cuando lo curen sacarán provecho.
—...
Esperanza no paraba de parlotear, pero cuando Cecilia y los demás finalmente vieron al hombre, se quedaron de piedra.
¿Dónde estaba ese "toro" del que había hablado?
Cristhian estaba tan esquelético que casi ni se le reconocía.
—El hombre está inconsciente y ni siquiera sabemos si soltará una gota de sangre si le hago un corte.
—Así como está, no me sirve de nada.
Cecilia extendió la mano:
—¡Devuélvame el dinero!
¿Devolver el dinero?
¡Una vez que los billetes entraban en su bolsillo, de ahí no salían!
El rostro de Esperanza cambió por completo.
—Hermana, a ver qué te parece esto... ¿y si también te vendo a Rogelio?
De por sí le preocupaba quedarse con Rogelio después de vender a su amigo, ya que eso podría traerle problemas a futuro.
Si lograba sacarse de encima a esos dos dolores de cabeza de una sola vez, ¡sería el escenario perfecto!
Y de paso, podría ganar un buen dinero.
Esperanza necesitaba el efectivo, no solo porque mantenía a un montón de muchachas y muchachos bajo su alero, sino porque antes de huir del país, había quedado embarazada sin casarse y había tenido un hijo.

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