Cecilia notó un poco el nerviosismo de Leire, así que disminuyó el paso a propósito.
Por otro lado, Bárbara también estaba hecha un manojo de nervios; apretaba tanto su teléfono que le sudaban las manos.
—Doña Bárbara, ¿por qué no han llamado todavía? ¿Será que no encuentran el Hospital San Gabriel y se perdieron?
Amaya ya estaba perdiendo la paciencia.
Por culpa de tener que recibir a esos parientes muertos de hambre, se había levantado tempranísimo.
Si no fuera por ellos, habría podido dormir dos horas más.
—Es culpa mía. Anoche debí preguntarles en qué hotel se hospedaban para ir a buscarlos hoy directamente.
Era su deber como nuera ir a presentarse ante su suegra; ¿cómo se le ocurrió dejar que la señora mayor fuera hasta el hospital? Como Bárbara nunca antes había tenido una suegra, ese detalle se le pasó por alto por completo.
—¿A qué iría a buscarlos? ¿No se supone que tiene que cuidar a Yonatan?
—Además, si de verdad vienen a pedir dinero, ir a buscarlos sería darles demasiada importancia...
Amaya no alcanzó a terminar la frase cuando vio a Cecilia salir del ascensor en primer lugar.
Como Bárbara y Amaya estaban de pie en el pasillo, justo al lado de los ascensores, sus palabras llegaron claramente a los oídos de las recién llegadas.
Leire y la tía Lorena ya tenían su edad, pero no estaban para nada sordas.
¿Esta será mi nuera?, pensó Leire.
Le pareció reconocerla del breve encuentro que tuvieron en el hotel la noche anterior.
Bárbara no se fijó en Leire al principio, solo vio a Cecilia. Iba a saludarla con una sonrisa, pero Amaya se le adelantó.
—¿Qué haces tú aquí otra vez? —el tono de Amaya destilaba veneno.
Bárbara le dio un toquecito en el brazo:
—¡Amaya!
—El hospital no es tuyo, vengo cuando se me da la gana.
Cecilia no iba a tolerar las niñerías de Amaya.
—Pero me sorprende verte aquí. ¿No te dijo Yonatan que agarraras tus cosas y te fueras por donde viniste?
Ese Yonatan del que hablan debe ser mi nieto, ¿verdad?

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