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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1765

—No te preocupes, supe llegar muy bien al hospital —respondió Leire con una sonrisa cálida.

—Además, ya tienes bastante trabajo cuidando al chico. No era necesario que te molestaras.

La amabilidad de Leire hizo que Bárbara respirara aliviada.

Le aterraba la idea de toparse con una suegra controladora y conflictiva.

Sin embargo, por lo que veía, la señora era muy educada y comprensiva.

Amaya, que segundos antes estaba murmurando veneno al oído de Bárbara, ahora no se atrevía ni a respirar.

Aunque Leire solo venía escoltada por dos guardaespaldas, la ropa que llevaba gritaba lujo y exclusividad.

Era evidente que esta mujer no era una pariente pobre que venía de las montañas a mendigar dinero.

Amaya estaba llena de trucos sucios, pero carecía de mundo y experiencia.

Y en ese momento, se le había comido la lengua el ratón.

—Hace un momento, escuché a esta señorita decir que temía que fuéramos unos parientes pobres que venían a pedir dinero, ¿es correcto?

Aunque Amaya había escondido la cabeza como una tortuga, Leire no pensaba dejarla escapar tan fácil.

No es que quisiera rebajarse a pelear con una jovencita, pero la falta de educación de la chica era alarmante.

Si alguien así se la pasaba metiendo cizaña entre ella y su nuera, la relación familiar se iría al tacho de basura muy pronto.

Era mejor desenmascararla de una vez por todas y ver cómo reaccionaba su nuera.

—Escuchó mal, señora —se apresuró a negar Amaya, mientras maldecía a Cecilia mentalmente.

No sabía cómo demonios Cecilia había dado con los familiares del fallecido padre de Yonatan, pero con esta intromisión, Amaya veía alejarse sus sueños de ser parte de la familia Quintero.

¿Qué podía hacer para cambiar la pésima impresión que le había dado a esta anciana?

Amaya forzó una sonrisa, pero por dentro estaba sudando frío, sintiéndose como una hormiga en una sartén caliente.

—Puede que sea vieja, pero sorda no estoy —dijo Leire, manteniendo la sonrisa, pero con un tono que no admitía réplicas.

La sonrisa de Amaya se congeló y terminó pareciendo más bien una mueca de dolor.

Desesperada, miró a Bárbara en busca de ayuda.

Ahora, la única que podía salvarla era Doña Bárbara.

Si la vieja no le daba importancia a ella, al menos tendría que respetar a su nuera, ¿no?

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