No podía simplemente esperar a que llegara Agustín para que ambos terminaran llevando a la desconocida al hospital.
—No se puede, señorita —respondió el guardia de seguridad, algo nervioso—. Si la estudiante está inconsciente, tiene que ir al hospital de inmediato. Mejor pida un taxi y llévela usted misma.
El guardia quería ayudar, pero su trabajo era vigilar las cámaras de seguridad y no podía permitirse cuidar a una chica desmayada. Si algo le pasaba en la caseta, él se metería en un problema legal. En circunstancias normales, si confirmaba que era estudiante de la universidad, habría llamado a alguien del personal para llevarla. Pero como la chica buscó directamente a Cecilia, para él era obvio que ella debía hacerse cargo.
Cecilia quiso decirle que no tenía tiempo, pero era evidente que el guardia tampoco podía abandonar su puesto.
—Mire, señorita, puedo llamar a un vehículo de la universidad para que la trasladen al hospital, ¡pero usted tiene que acompañarla! Después de todo, ella acudió a usted. No puedo simplemente mandarla sola, la administración me pediría explicaciones.
Cecilia comprendía la postura del guardia, no quería meterse en problemas. Sin otra opción, entregó su identificación estudiantil.
—Soy Cecilia Ortiz, estudiante de primer año de Medicina Clínica. Mi número de teléfono es...
Dictó la serie de números con voz calmada.
Al escuchar el nombre, el guardia abrió los ojos de par en par. ¡Era la joven genio de la facultad de medicina! Estaba a punto de aceptar cuando una voz masculina interrumpió la escena.
—Ceci.
Era Valentín Ortega, quien iba saliendo del campus. Al verla sosteniendo a una muchacha desmayada, se acercó con evidente sorpresa.
—Profe Ortega —saludó Cecilia. En público y frente a otros estudiantes, nunca lo llamaba "primo". Valentín ya estaba acostumbrado a esa formalidad.
Él aceleró el paso.
—¿Qué pasó aquí?
Ayudó a sostener a la chica por los hombros para quitarle peso a Cecilia, aunque, por prudencia y para evitar malentendidos, no la tomó en brazos.

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