Ayer se había dado en la frente, pero hoy aterrizó con toda la cara contra el pavimento.
Cecilia se quedó pasmada por un segundo.
¿Acaso tenía prohibido salir por la puerta principal de la universidad?
De otra forma, no entendía por qué siempre había alguien dispuesto a estrellarse contra ella en patineta.
—¡Ay, perdón! Oye, ¿te asusté? —preguntó la chica de la patineta, levantándose del suelo y mirando a Cecilia con una mezcla de dolor y culpa.
—Disculpa, ¿nos conocemos? —preguntó Cecilia.
Con la cara llena de tierra, Cecilia no logró reconocerla de inmediato.
Pero cuando la chica se quitó la mano que le cubría la frente, el enorme moretón quedó al descubierto.
—Ah, eres tú.
Increíble. ¡Había logrado caerse dos veces en el mismo lugar!
—Sí, soy yo. Venía a pedirte disculpas por lo de ayer y también a darte las gracias.
—No contaba con que iba tan rápido y me volvería a caer —murmuró la chica, roja de vergüenza.
Cecilia se encogió de hombros.
—No te preocupes. Al menos esta vez no te provocaste otra conmoción cerebral.
—Pero, dime algo... ¿tan rápido te dieron de alta en el hospital por un golpe en la cabeza?
Cecilia le había tomado el pulso el día anterior, sabía perfectamente el alcance de su lesión.
La chica intentó sonreír, pero hizo una mueca de dolor. ¡Le dolía toda la cara y ni siquiera podía gesticular bien!
—No me dieron de alta... me escapé.
—Odio los hospitales. Siempre he sido una persona con muy mala suerte, y siento que si me quedo ahí internada me va a ir peor.
Instintivamente, Cecilia dio un paso hacia atrás. Al ver que la chica la miraba con ojos acusadores, soltó una risa nerviosa.
—Perdón. No es que tenga miedo de que me contagies tu mala suerte.
La chica parecía a punto de llorar.
Era obvio que Cecilia pensaba exactamente eso.
—No tienes que disimular, ya sé que esta maldición que cargo nunca va a cambiar.

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