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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1829

Sandra, con una gran sonrisa, intervino: —Tranquila, no voy a dejar a Ceci en la quiebra. A fin de cuentas, ella fue nuestra celestina.

Tras decir esto, le dio un codazo a Quintín: —¿A que sí, amor?

El pobre muchacho casi sale volando por el impacto, pero logró mantener el equilibrio: —Sí, de hecho, nosotros tendríamos que darle un regalo a ella.

El plan maestro de Josefina se fue a la basura.

¿O sea que, además de no gastar, Ceci iba a salir con dinero extra en la bolsa?

—¿Y desde cuándo ella es la celestina?

¿Acaso no deberían darle las gracias a los delincuentes que molestaron a Quintín aquella vez?

¡Si no fuera por ellos, Sandra nunca habría tenido la oportunidad de jugar a ser la heroína rescatando a la damisela en apuros!

—Ella nos vio crecer... ¡Ah, perdón, quise decir que fue testigo de cómo nos enamoramos! —Sandra casi se enreda con sus palabras.

—Pasamos toda la preparatoria juntos, ella nos vio pasar de simples desconocidos a la pareja que somos hoy.

—Así que obvio cuenta como nuestra celestina.

Sandra estaba aferrada a darle todo el crédito a su amiga.

—Pues bajo esa lógica —replicó Josefina, que no daba su brazo a torcer—, su maestra tutora los vio desarrollarse más que nadie. ¿Por qué no le mandan a ella su sobrecito con dinero también?

Esa respuesta dejó a Sandra en silencio.

—Si nos casamos, también le mandaremos su regalo a la maestra —remató Quintín, muy serio.

En su cabeza, si logran llegar al altar, estaba dispuesto a regalarle dinero hasta al perro de la esquina si hacía falta.

Entre broma y broma, llegaron a la dirección que les había mandado la abuela.

—¡Madre mía, qué derroche! —exclamó Sandra al ver el lujo y la ubicación de la propiedad. Pensó en cómo los Ortiz, con tanto dinero, habían tratado como basura a Ceci en el pasado.

Con semejante fortuna, la abuela Lorena podría haber salvado al Grupo Ortiz de la bancarrota sin despeinarse, pero prefirió mantener su riqueza oculta.

Josefina pensó exactamente lo mismo.

Ahora que su padre ya no estaba, la abuela Lorena solo podía aferrarse a sus recuerdos.

Visitar esa casa era como volver a sentir su abrazo, a través de las paredes y los pasillos que él había pisado.

A un lado, Rayan estaba tirado en una silla reclinable, vestido con unos pantalones cortos y una camiseta suelta.

Escuchaba la conversación, pero no intervenía.

Mientras tanto, Thiago, que había asumido el rol de chef, y Wanda, que fungía como su ayudante, no paraban de sacar platillos espectaculares de la cocina.

—¿Qué tal cocina Thiago? —le susurró Ceci a Rayan, jalándole un poquito la ropa.

Wanda, como si fuera un fantasma, apareció justo detrás de Ceci y le susurró al oído: —¡Pésimo!

—¿De verdad? —Ceci abrió los ojos, sorprendida.

Si la abuela no había contratado cocineros, ¡era obvio que Thiago tenía buena sazón!

Rayan le lanzó una mirada fulminante a Wanda: —¿Sabes por qué anda diciendo eso?

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