—Además, sus guardaespaldas oficiales aún no se han ido, eso significa que el peligro sigue al acecho.
—Tengo que cuidar la vida de la joven líder. No soy como ustedes, par de ridículas, que solo piensan en ver chicos guapos.
José soltó su discurso lleno de solemnidad, pero cuando levantó la mirada, se topó de frente con Sara, quien lo observaba con ojos asesinos.
—Ejem... Sara, ¿por qué me miras así? —balbuceó.
*¡No te tengo miedo solo porque eres mayor que yo!* pensó él, intentando darse valor.
—¿A que te rompo la cara? —Sara apenas levantó la mano y José se encogió de hombros, cobarde.
Mientras ellos dos jugueteaban, Ceci estaba tranquilamente leyendo en su estudio.
Ese viernes, Josefina iba a llegar a Viento Claro y Ceci tenía que ir al aeropuerto a recogerla.
Estaría acompañada por Sandra y Quintín.
Esos dos andaban derramando miel; no se despegaban el uno del otro.
Ceci solo había invitado a Sandra, pero Quintín se había colado a la fuerza.
Hay que admitirlo, visualmente hacían una pareja adorable: él, alto y esbelto como un modelo, y ella, pequeña y coqueta.
Pero en cuanto abrían la boca, la ilusión se rompía: ella era toda una guerrera y él un cachorrito faldero.
Cuando llegaron al aeropuerto y por fin se reunieron con Josefina, el ambiente se puso aún más escandaloso.
—Mi casa es demasiado pequeña para todos, ¿qué les parece si esta noche nos quedamos en casa de mi abuela? —sugirió Ceci.
Había planeado pagarle un hotel a Josefina, pero ella había hecho un berrinche, exigiendo quedarse con Ceci.
Y como Josefina iba a estar ahí, Sandra hizo pucheros y reclamó un lugar también.
Si la ruda de Sandra estaba lloriqueando así, ¿quién tendría el corazón para decirle que no?
Si Ceci se negaba, Sandra se lo echaría en cara por el resto de su vida.
En cuanto a Quintín, el chico prefirió mantener la boca cerrada.
Como era el único hombre, no se atrevía a pedir asilo con las chicas, así que planeaba regresar a la escuela en la noche.
Llevaban fruta y detalles sencillos; no era la gran cosa, pero presentarse en la casa de la abuela Lorena a comer sin llevar nada habría sido una grosería tremenda.
Josefina no perdió la oportunidad de molestar a Sandra y Quintín: —Ustedes dos ya son novios, son prácticamente uno solo, ¿por qué traen regalos por separado?
Sandra se quedó callada, pero Quintín, rojo como un tomate, murmuró: —Cuando nos casemos, ya solo entregaremos un regalo juntos.
Josefina se aguantó la risa. *¿De verdad se imaginan casados?*
Aunque, viéndolo bien, Quintín era el único hombre en la faz de la tierra capaz de soportar el carácter de pólvora de Sandra.
Y como él era tan dependiente de ella, casi como su sombra, capaz y sí terminaban en el altar.
—Si logran llegar juntos hasta la boda, les prometo un regalo enorme, puro dinero en efectivo.
No solo se comprometió ella, sino que arrastró a Ceci: —¡Y más vale que tú también te luzcas con el billete!
—Mejor aún: dales dos sobres, ¡porque los dos son tus amigos!
Ceci, que no era nada tacaña, miró de reojo a Josefina, dándose cuenta de su jueguito.

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