—Vamos, las llevo a casa.
Enzo les hizo una seña a las hermanas para que subieran al auto.
Fabiana caminaba con torpeza, y fue Adriana quien tuvo que ayudarla a subir.
Adriana le dio una dirección. No era la antigua casa de la familia Medina, sino que parecía ser el departamento personal de Adriana.
Enzo no le dio importancia, simplemente puso el GPS y las llevó al destino.
—Enzo, ¿puedes ayudarme a meter a mi hermana?
—Bebí demasiado y no tengo fuerzas —Adriana parecía sincera en ese momento.
Enzo no se negó.
Ayudó a meter a Fabiana a la sala y la dejó en el sofá. Justo cuando estaba a punto de irse...
El lugar se veía como un departamento de lujo, que no parecía algo que Adriana pudiera permitirse.
A menos que, efectivamente, se hubiera hecho rica durante los años que estuvo en el extranjero.
Enzo tampoco pensaba preguntarle. No era el tipo de persona a la que le gustara entrometerse en la vida de los demás.
—Toma un poco de agua.
Adriana le tendió una botella de agua mineral.
Enzo la abrió y dio un trago.
—Si no pasa nada más, me retiro. Cuida de tu hermana.
No tenía intención de quedarse allí más tiempo, para evitar malos entendidos.
—¡Espera! —Adriana lo miró fijamente.
Un hombre tan guapo, ¿por qué le gustaba Fabiana y no ella?
Si Enzo se hubiera enamorado de ella, le aseguraba que no lo habría hecho esperar tantos años.
Se habría quedado con él desde la preparatoria, se habrían casado al terminar la universidad, tendrían un par de hijos rápido y lo tendría completamente amarrado.
Qué lástima que Enzo no tuviera buen ojo; prefería a Fabiana.
Su hermana era tan tonta que no podía retener a un hombre tan bueno.
—¿Se te ofrece algo más? —Enzo ya estaba perdiendo la paciencia.
Adriana miró a su hermana en el sofá.
—¿Podrías hacerme el favor de llevarla a su cuarto?
—De verdad no puedo con ella.

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