Delfina lo pensó mejor y se dio cuenta de que los paisajes en la carretera también podían ser hermosos; un viaje en auto tenía más encanto que ir en avión.
—¿Entonces me pongo a ver qué lugares hay y armamos el plan?
—Sí, ve revisando qué lugares quieres visitar cuando lleguemos —aceptó Héctor.
Delfina llamó de nuevo a Ramiro.
Al colgar, Ramiro marcó directamente a Héctor.
—¿Qué pasa? ¿No se supone que vas a inspeccionar un proyecto? Llevar a Delfi está bien, pero ir manejando es una pérdida de tiempo total.
Ramiro creía haber adivinado las intenciones de Héctor y trataba de ser considerado con él.
Héctor no dio explicaciones reales y le siguió la corriente:
—Es una inspección, pero también quiero que Delfi se divierta. Estamos siempre ocupados y no tenemos tiempo para sacarla; me temo que ella no ha salido de Villa Solana en toda su vida. Cecilia, en cambio, solía viajar al extranjero. Delfi necesita foguearse y abrir su mente. Un viaje en carretera es más relajado y libre, mejor que volar directo.
Los argumentos de Héctor sonaban lógicos y Ramiro no pudo encontrar fallas en su razonamiento. Sin embargo, tenía un montón de asuntos pendientes en su empresa.
—Me temo que no podré acompañarla muchos días.
Ir en avión por unos días era viable, pero un viaje en carretera no era tan sencillo. Además, para el conductor sería agotador.
Por supuesto, Héctor no pensaba manejar él mismo; había contratado a un chofer con experiencia en esa ruta. Así podrían pasear y al mismo tiempo alcanzar a Cecilia. Así mataba dos pájaros de un tiro.
—Empaca rápido. Acompáñala los días que puedas.
—Si es muy necesario, puedes trabajar a distancia —lo apuró Héctor.
—No, no es eso —se apresuró a explicar Delfina.
—¿Entonces a dónde vas? ¿Al pueblo a acompañar a la vieja de los Ortiz?
Para Ivana, Lorena Ortiz era como una bruja, dado que trataba mal a su hija. Sin embargo, ahora Ivana tenía un nuevo objeto de odio. Si no fuera por Perla, tal vez su hija habría recibido una buena educación. Creía que Perla se había acercado a su hija a propósito para criarla como una tonta ingenua.
—No, es que Héctor se va de viaje de negocios y dijo que me llevaría —respondió Delfina.
—¿Tu hermano se va de viaje? —A Ivana le brincó el párpado—. ¿Cómo es que yo no sabía? ¿A dónde va y para qué te lleva?
—Si quieres salir a pasear, yo puedo llevarte. Pero Héctor va a trabajar, si vas con él solo lo vas a estorbar. Delfi, siempre pensé que eras una niña sensata.
Ivana no estaba de acuerdo con que su hija se fuera con su hijo. ¿Qué tiempo iba a tener él para cuidar a una jovencita? Si Delfina quería distraerse, ella misma podía llevarla. O en el peor de los casos, darle dinero para que viajara por su cuenta.

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