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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 895

—¡Está agrio!

—¿Qué le echaste a esto? —Zoe hizo una mueca horrible de lo ácido que estaba.

Quiso escupirlo, pero vio a Davis sonreír con pura maldad:

—No lo vayas a escupir, ¿eh? Es un pastelito de limón que hice con mis propias manos.

»Acuérdate de tus modales, Zoe. Si vomitas en medio de un banquete de la familia Ortega, ¡quién sabe qué chismes vayan a inventar de ti!

Zoe no tuvo más remedio que pasárselo a la fuerza.

—¿Qué pasa, Zoe? ¿No te gustó mi postrecito?

»La verdad es que lo había preparado para Cecilia, pero al final te lo di a ti.

»¿Está rico?

Zoe se atragantó al oír el nombre.

—Buenísimo... ¿Cuántos hiciste?

¡No podía ser la única en sufrir así!

Si supuestamente era para Cecilia, ¡no era justo que ella fuera la que se estuviera comiendo esa cosa ácida!

—Solo este. Estaba bien ácido, ¿verdad? Le puse puro limón.

»Tres limones enteros, para ser exactos.

Davis la miraba con cara de triunfador.

«¡No manches! ¡A un pedacito de pastel le pusiste tres limones, obviamente sabe a rayos!», pensó Zoe.

—Entonces no quiero robarle lo que es de Cecilia. Solo le di un bocado, llévale el resto.

—No hace falta. Como está tan agridulce, siento que va más con tu personalidad.

El comentario de Davis tenía bastante jiribilla, y Zoe cambió de semblante de golpe.

—¿A qué te refieres con eso, Davis?

—Ay, Zoe, ¿a poco no entiendes? —Davis se inclinó hacia ella y susurró—: ¿De verdad no te das cuenta? Hueles a pura envidia, tanta amargura que hasta me dan ganas de vomitar.

»¡A saber cuántos kilos de limón te tragaste del puro coraje!

»Le tienes mucha envidia a Cecilia, ¿a que no?

Zoe desvió la mirada. No esperaba que el mocoso este le hablara de forma tan directa.

Siempre había sabido que Davis tenía su genio, pero como no era nieto de sangre del viejo Esteban, nunca lo había tomado en serio.

¡Pero visto lo visto, el chamaco este era insoportable!

Podía jugarle bromas a todo el mundo, pero jamás se atrevería a molestar a su hermana.

—Davis —dijo Cecilia en un tono neutro. No parecía tener mucho interés en él.

Su apatía se debía principalmente a la mala impresión que le había dejado Helena.

Menos mal que Aurora no era igual a su madre.

Si lo fuera, a lo mejor ni siquiera se llevaría bien con ella.

A Davis tampoco pareció importarle la actitud seca de Cecilia. Le dijo con una sonrisa:

—Te había preparado un regalito, Cecilia, pero Zoe se lo comió.

—¿Qué habías preparado? —preguntó ella por pura curiosidad.

Davis se quedó un poco confundido: ¿no se supone que la gente normal dice «no te preocupes, lo que cuenta es la intención»?

—Un pastelito de limón.

»¿Te hubiera gustado probarlo, Cecilia?

Una lástima que ella no hubiera podido catarlo.

Pero la neta, Zoe tenía la cara de ardida perfecta para probar limones.

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