Estaba bañado en sangre, la ropa empapada de rojo, irreconocible, temblando de dolor.
El olor a sangre era demasiado fuerte. Amanda no soportaba esas escenas y sintió una arcada incontrolable.
El hombre sentado en la cabecera frunció el ceño al ver esto y ordenó con severidad:
—Arrástrenlo al baño.
Manuel se quedó atónito un segundo y luego se dirigió directamente hacia Amanda.
Hugo, el otro subordinado, lo miró con incredulidad y le dio una patada a Manuel.
—El señor dijo que te lleves al que está en el suelo.
Manuel reaccionó:
—¿Ah? ¡Ah, sí!
Manuel agarró al hombre destrozado y lo arrastró hacia el baño.
Amanda sentía el estómago revuelto. En ese momento, una mano de dedos largos y bien definidos le ofreció un vaso de agua.
—Enjuágate la boca.
Amanda miró al dueño de la mano.
Era un hombre de hombros anchos. Aunque estaba medio inclinado, se notaba que tenía un físico imponente. Llevaba una camisa negra con las mangas remangadas, dejando ver una piel que contrastaba con su atuendo. En un hombre como él, la piel bronceada hubiera sido lo esperable; su piel pálida resultaba un tanto incongruente.
Y luego estaba esa pulsera de hilo rojo en su muñeca, que desentonaba aún más.
Seguramente era un regalo de la mujer que amaba, por eso la llevaba consigo como un tesoro.
Amanda se mantuvo alerta, mirando fijamente a los ojos oscuros del hombre, y no tomó el vaso.
Mauro Díaz sonrió.
—¿Tienes miedo de que le haya puesto algo?
El silencio de Amanda fue su respuesta.
Él no se molestó. Se enderezó y dejó el vaso sobre la mesa. No sabía si era alucinación suya, pero Amanda sintió que ese hombre tenía algo de gentileza.
Mauro se sentó, apoyando un brazo en la mesa y la otra mano relajada sobre su rodilla.
—¿Escondiéndote de alguien?
Amanda no tenía la costumbre de platicar con extraños, mucho menos con tipos tan peligrosos. No quería hablar, solo quería salir ilesa.
No podía ocultar su nerviosismo, pero no podía permitirse que le pasara algo, al menos no perder la vida así de tontamente. Trató de calmarse lo más posible.
—Lo que vi hoy se irá conmigo a la tumba. Le juro que no se lo diré a nadie.
Mauro alzó una ceja.
—No has contestado mi pregunta.
Mientras caminaban, Amanda fue frenando el paso poco a poco.
Mauro, a su lado, giró la cabeza para mirarla, con cierta duda.
—¿Qué pasa?
Amanda lo pensó un momento y dijo con voz firme:
—Señor, ya que me ayudó, le doy un consejo de buena fe: sería buena idea borrar las grabaciones de seguridad de este horario. Dejar cabos sueltos nunca trae paz.
Al escucharla, los ojos oscuros de Mauro brillaron con una sonrisa. La miró fijamente a la cara, que permanecía impasible.
—¿Lo dices solo por mi bien?
Era innegable que Amanda lo decía más por ella misma.
Con lo precavido que era Lucas, seguro pediría ver las cámaras, y eso no le convenía.
—Señor, usted es un hombre inteligente, no hace falta que pregunte lo obvio.
Mauro curvó los labios.
—Eres muy lista.
De repente, el brazo fuerte de Mauro rodeó la cintura de Amanda. Su abrazo, al igual que él, era frío, sin temperatura.

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