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CONQUISTANDO A MI EXESPOSA SECRETA romance Capítulo 111

C111-LLEVATELO TODO.

UN MES DESPUÉS, 9 AÑOS ANTES.

Grayson observó la mansión desde la vereda de enfrente, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta y el ceño ligeramente fruncido. El portón de hierro forjado, los muros blancos impecables, el jardín perfectamente recortado, los autos de lujo en la entrada… todo irradiaba opulencia.

Pero él no sentía envidia. Sentía rabia. Esa clase de rabia que se asentaba en el pecho y se convertía en combustible. La puerta principal se abrió con suavidad y un mayordomo lo saludó con una leve inclinación.

—Señor Maxwell. La señorita San Román lo espera.

Grayson asintió y caminó tras el mayordomo con pasos firmes y el corazón endurecido.

Después de que los echaron de su casa y los bancos arrasaron con todo, nada había vuelto a ser igual. Su madre trabajaba jornadas interminables en un restaurante de mala muerte, sirviendo café a camioneros y sonriendo a regañadientes, mientras Gianna pasaba las tardes sola, encerrada en una habitación húmeda de la pensión, donde no había muebles ni tampoco un futuro.

Pero él se había prometido devolverles la sonrisa, devolverles la vida.

El mayordomo se detuvo frente a una puerta de roble tallado, y allí Alejandra San Román lo esperaba.

—Confieso que me sorprendió cuando me llamaste —dijo, dejando la copa en la mesa con elegancia medida.

Grayson tragó saliva y asintió una sola vez.

—No tengo tiempo que perder, Alejandra. ¿Tu oferta sigue en pie?

Ella alzó una ceja, divertida, y se acercó a él, caminando lenta y segura.

—¿Estás pensando en decir que sí?

—Te estoy diciendo que sí —respondió él, serio, sin más explicaciones.

La sonrisa de Alejandra se volvió más intensa y sus ojos brillaron con una emoción real. De pronto lo abrazó con fuerza, sin dudarlo.

—Gracias. Gracias, Grayson.

Pero él no le devolvió el gesto. Ni un solo músculo se movió en su espalda. Porque no pensaba en ella, ni en el matrimonio, ni en ninguna promesa absurda. Solo pensaba en los Langley. En Reginald. En cómo lo quería ver destruido.

Alejandra se apartó, se acomodó la blusa de seda y suspiró con satisfacción.

—Bien, entonces le diré al abogado de mi padre que arregle todo.

—Pero hay algo que quiero antes.

Ella se detuvo, curiosa.

—Bien. Dime, ¿qué es?

Grayson sacó una carpeta y la abrió con lentitud. Le mostró planos, esquemas, ideas. Fragmentos de un proyecto que no era suyo, pero que ahora le pertenecía por derecho.

—Invierte en esto. Son los otros prototipos de mi padre. Quiero terminar lo que él comenzó, quiero crear mi propia empresa y expandirla, pero necesito…

—Dinero —dijo ella, completando sin asombro—. Quieres que invierta en tu empresa.

—Sí.

Alejandra sonrió como si acabara de ganar una subasta.

—Bien. No hay problema. Me parece justo, considerando que me estás ayudando a conseguir una herencia de quinientos millones de dólares, claro que puedo hacerlo.

Grayson desvió la mirada por un segundo. Había una chispa ahí, un rastro de emoción que no sentía desde hacía mucho, desde antes de perderlo todo, desde antes de que el mundo se le viniera abajo.

—Hablaré con mis abogados —continuó Alejandra, acercándose de nuevo—. Tu empresa existirá, Grayson. Te ayudaré… —le acarició el rostro, con una sonrisa suave— a ser grande. A ser poderoso. A tocar el cielo con una mano.

Él sostuvo la mirada, sin retroceder, y ella se apartó, satisfecha, y tomó asiento de nuevo.

—¿Tu madre lo sabe? La última vez no estaba de acuerdo.

—Eso no importa. Lo estoy haciendo, ¿no?

—Sí, claro… —Alejandra lo observó con detenimiento, luego entrecerró los ojos—. Solo que… me da curiosidad, Grayson. Somos amigos desde el jardín de infancia y te conozco. Sé que si estás haciendo esto es por algo. ¿Qué pasa? ¿Tiene que ver con la muerte de tu padre?

Él se endureció al instante.

—En diez años… has vivido como un hombre libre, solo… espera un poco más, Grayson. No es tanto.

Él negó con la cabeza.

—No. Quiero el divorcio. Quiero terminar con esto.

Alejandra se quedó inmóvil un instante y luego la furia la sobrepasó.

—¿Tan importante es esa mujer?! ¡¿Qué demonios tiene?! ¡¿Por qué te importa tanto si es la hija del asesino de tu padre?!

Grayson se quedó quieto, mientras su pecho subía y bajaba con fuerza, pero no respondió.

—¡NO VOY A PERMITIRLO! —bramó ella—. No voy a dejar que me hagas perder lo que tanto me costó conseguir. No lo permitiré. Estás atado a mí. Hasta que el acuerdo termine. ¡DIEZ AÑOS! No menos.

Grayson la miró. Por un instante sus ojos reflejaron el peso de todo lo que había perdido y todo lo que aún podía perder, pero habló sin miedo.

—Igual voy a proceder con la demanda. Si quieres un escándalo, eso habrá.

Alejandra no lo pensó. Agarró la copa de cristal más cercana y la lanzó contra la pared, donde estalló en mil pedazos y lo señaló, furiosa.

—Si te atreves, te lo quito todo, Grayson. Así como te lo di, te dejo como el maldito perro que eras cuando llegaste a mi casa.

Él no se movió y en su mente solo había una mujer: Kate. Y en un niño de ojos intensos que reía sin saber el caos en el que había nacido, su hijo. Y si debía perder todo lo que había construido en esos años para recuperarlos a ellos, entonces que así fuera.

—Hazlo. No me importa, llevatelo todo.

Se dio media vuelta y caminó hacia la puerta, mientras Alejandra lo seguía con la mirada.

—¡Te vas a arrepentir, Grayson! —gritó, desgarrada—. ¡TE VAS A ARREPENTIR!

Apretó los puños y entonces pensó en ellos.

Kate y Oliver.

Y en que alguien tendría que pagar.

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