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CONQUISTANDO A MI EXESPOSA SECRETA romance Capítulo 122

C122-¿HENRY CAVILL, ALEMÁN?

Kate salió del bufete con la mirada clavada en el suelo y los brazos llenos de cajas. El rostro de su madre seguía grabado en su cabeza como una maldición. Metió la última carpeta en el asiento trasero del coche, cuando la llamaron.

—¡Kate!

Se giró y Eva, su asistente, corría hacia ella con lágrimas en los ojos. La abrazó sin pedir permiso.

—No creo nada de lo que dijeron en ese video. ¡Nada! —sollozó—. Sé que no eres así.

—Gracias, Eva…

—Te voy a extrañar —dijo la joven, con un puchero infantil.

Kate forzó una sonrisa triste, la abrazó una vez más y se subió al coche. Pero Mientras conducía, las lágrimas comenzaron a deslizarse solas. Se limpió los ojos, pero no podía frenar ese nudo en la garganta ni la rabia que le golpeaba el pecho.

¿Qué le había hecho a su madre para que la odiara así? ¿Qué error cometió que justificara ese ensañamiento, esa crueldad?

De pronto, giró sin pensarlo dos veces y tomó la avenida que la llevaba al hospital, y cuando llegó, fue al área de cardiología. Después de que su madre la chantajeara, había preguntado por Reginald Langley y le dijeron que estaba internado por problemas cardíacos.

No había querido verlo, porque fuera una mala hija. Es que ellos nunca habían sido buenos padres.

¿Dónde decía que uno debía arrastrarse por gente que solo sabía herirte? ¿Dónde se escondía la justicia cuando habías hecho todo lo posible y lo único que recibías eran cicatrices?

Llegó a la habitación, respiró hondo y entró.

Y allí estaban Mirabelle, con tacones y perfectamente peinada y su padre, Reginald Langley, recostado con expresión de fastidio.

—¿Esta comida es asquerosa? —refunfuñó él, empujando la bandeja.

Ambos voltearon al verla, pero ninguno sonrió ni mostró afecto.

—Vaya —dijo Mirabelle, con sorna—. ¿Viniste a hacernos un cheque o a llorar por el tu despido?

El corazón de Kate se detuvo un latido.

—¿Porque? ¡¿Por qué te empeñas en destruirme?! ¿Por qué me odias tanto? —preguntó Kate, dando un paso adelante. Su voz temblaba—. ¡Soy tu hija!

—Y yo, tu madre —respondió Mirabelle con voz seca—. Pero eso no significa que tenga que quererte.

Los ojos de Kate se llenaron de angustia.

—Necesitaba ese trabajo… —susurró, tragando la rabia—. Mi hijo… Oliver…

Mirabelle chasqueó la lengua con indiferencia.

—¿Quieres saber la verdad, Kate? La verdad es que fuiste un error. Un embarazo no deseado. No queria tenerte.

El mundo se detuvo para Kate.

—No te aborté porque mi suegro me habría matado; estaba empeñado en que tuviera un hijo varón y saliste tú. Y yo me tuve que atar a una niña que no desee, es así de simple.

Los labios de Kate temblaron y, finalmente, entendió todo, entendió la frialdad, el rechazo, las palabras hirientes, el vacío. Nada era culpa suya. Nunca lo fue. Ella no había hecho nada, solo nacer, y eso les bastó para odiarla.

Y aun así, no podía seguir rompiéndose, estaba a punto de salir cuando la voz ronca de Reginald se escuchó detrás de ella.

—Todo esto se pudo evitar. Si tan solo hubieras usado lo que tienes entre las piernas para sacarle dinero a Grayson.

Reginald se encogió de hombros, con una mueca burlona en los labios.

—Pero te aferraste a tu dignidad como si valiera algo, Kate la dignidad no da techo, ni comida, ni lujos. No llena una nevera, no paga hospitales ni renta. Eso para los tontos.

Mirabelle sonrió con arrogancia desde su silla pero Kate avanzó hacia ellos como si el suelo le quemara bajo los pies.

—No, estoy bien —dijo rápidamente. Luego lo miró con más atención y frunció el ceño—. Tu acento… es…

—Alemán —respondió con media sonrisa—. No soy británico, si es lo que piensas. Tal vez soy el Henry Cavill alemán.

Eso la hizo reír otra vez, pero justo cuando iba a responder, la puerta se abrió y un médico entró, consultando unos papeles en su carpeta.

—Ah, la paciente ya está despierta… —dijo sin levantar la vista—. Me alegro de verla consciente, señorita.

—Sí, muchas gracias —dijo Kate, con algo de nerviosismo—. Si ya puedo irme, pagaré lo que se deba…

—No te preocupes por eso —interrumpió el hombre alemán desde un lado de la cama—. Yo he pagado todo. Este hospital es de un amigo mío, no te preocupes por el dinero.

Kate lo miró, boquiabierta y no supo qué decir.

El médico se acercó con amabilidad y revisó los signos vitales.

—Bueno, señorita… sus exámenes han salido bastante bien. Tiene un poco de anemia, lo cual es entendible considerando el estrés físico y emocional reciente. Pero…

Se detuvo, mirando el papel más de cerca.

—¿Pero… qué?

El médico alzó la mirada, como si esperara una reacción.

—Señorita… está embarazada.

Kate se quedó en blanco y el pitido en la máquina se intensificó con los latidos acelerados de su corazón, lo miró como si acabara de hablar en otro idioma.

—¿Qué? Em… ¿embarazada?

—Sí. Tiene aproximadamente cinco o seis semanas, según los niveles de hormona. Tendremos que confirmarlo con una ecografía, pero no hay duda.

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