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CONQUISTANDO A MI EXESPOSA SECRETA romance Capítulo 129

C129-ALEMÁN CON CARA DE PASTEL VENCIDO.

El Mercedes negro se detuvo frente al elegante edificio y un valet se apresuró a abrir la puerta trasera. Adler descendió del vehículo con absoluta calma. Llevaba un impecable esmoquin oscuro, el cabello peinado con precisión, el rostro sereno y seguro. Con un gesto calculado, rodeó el auto y abrió la puerta del lado opuesto.

—¿Lista?

Kate colocó su mano en la de él y salió con gracia. El vestido verde esmeralda que llevaba se ajustaba a su figura como una segunda piel, dejando al descubierto su espalda y realzando cada curva. Su cabello caía en ondas suaves y sus labios, de un rojo profundo, contrastaban con la tela del vestido.

—Impresionante —murmuró Adler, ofreciéndole el brazo.

Ella dudó un segundo y luego lo aceptó con una sonrisa amable.

—Gracias por el vestido.

—No lo agradezcas aún —respondió él, mientras cruzaban la alfombra roja entre flashes de cámaras y miradas curiosas—. Lo mejor de la noche apenas comienza.

Adentro, el salón desbordaba lujo: arañas de cristal, música de cuerdas, copas de champán en bandejas de plata. Empresarios, políticos, inversionistas. Todos reunidos por una causa benéfica, pero también por contactos, poder y apariencia.

Grayson estaba junto a tres posibles inversores británicos, hombres fríos que hablaban de números mientras el mundo alrededor parecía un teatro. Él no escuchaba del todo. Su mente seguía ocupada en los movimientos de Alejandra, en cómo aprovechar la información que tenía para quedarse con parte de sus empresas.

Todo estaba calculado, hasta que escuchó los murmullos.

—¿Quién es ella? —susurró alguien.

—Mira eso… —dijo otro—. Es Adler Klein. ¿La que lo acompaña es su novia?

Grayson giró automáticamente hacia el centro del salón.

Y más valdría no haberlo hecho.

Porque Kate, venia del brazo de Adler, sonriendo, viéndose jodidamente perfecta.

El vaso que sostenía en su mano crujió peligrosamente. Su mandíbula se endureció, su cuerpo entero se tensó. Y en su cabeza, un solo pensamiento le martilleaba las sienes:

Ese debería ser yo.

Uno de los inversores señaló discretamente.

—Hacen buena pareja, ¿no cree? Él siempre fue tan reservado, es curioso verlo con una mujer tan... radiante.

Grayson no se movió, ni un milímetro. Pero su voz, bajo una octava cuando respondio.

—Ella no es su pareja. Es mía. Solo está desorientada temporalmente, pero volverá al carril.

Los inversionistas lo miraron, incómodos, y ninguno se atrevió a comentar más. Grayson apuró su trago de un solo golpe, sin apartar la vista de la pareja que avanzaba entre los invitados, y murmuró para sí mismo:

—Muy bien, Adler… jugaremos a esto.

Y esperó. Porque Kate iba a mirarlo. Iba a sentirlo. El ya estaba cansado de esperar.

Adler paseaba a Kate por la sala, como si ella le perteneciera. La hacía reír con su humor afilado y natural, presentándola con facilidad a CEOs y políticos. Kate sonreía, pero su incomodidad era evidente en los pequeños gestos: el modo en que apretaba ligeramente los dedos, cómo desviaba la mirada cada vez que sentía un peso invisible detrás de ella. Porque ella tambien lo habia visto, sabía que Grayson estaba allí.

Y no tardó en confirmarlo.

—El verde no es tu color —susurró a centímetros de su oído, con voz baja, grave, lo suficiente para que solo ella lo escuchara—. Prefiero el negro. Como la lencería que llevabas la última noche en Viena.

Kate se quedó helada por un segundo, su cuerpo se estremeció, pero reaccionó con rapidez, girándose ligeramente.

—Buenas noches, Grayson —dijo seca.

Adler, aún con la copa en la mano, se giró, lo miró de arriba abajo y sonrió con esa elegancia provocadora.

—Qué gusto verlo, señor Maxwell. Justo hablábamos de la importancia de saber elegir bien a la pareja.

La palabra quedó flotando en el aire, intencional y afilada.

—¿Pareja? —repitió Grayson, sin ocultar el desdén—. No sabía que un almuerzo te ascendiera al puesto. A menos que estemos hablando de posesión, en cuyo caso… —la miró fijamente— hay cosas que no se ceden tan fácilmente.

Kate se removió con incomodidad y le lanzó una mirada intensa y clara, como un “no arruines esto”. Luego se giró, se aferró con suavidad al brazo de Adler y sonrió con elegancia, aunque por dentro quería gritar.

—¿Recuerdas que me dijiste que me presentarías a Dieter Rothmann? Dijiste que estaría esta noche.

—Por supuesto —respondió Adler sin dejar de mirar a Grayson, y le ofreció una sonrisa tranquila, casi desafiante—. Vayamos ahora. Te encantará hablar con él.

Su amigo abrió la boca para replicar, pero justo entonces vio cómo Grayson se tensaba y enfocaba algo al fondo del salón.

Kate.

Ella se inclinó hacia Adler y le dijo algo al oído, luego se apartó del grupo y caminó hacia el pasillo de los baños.

Era su momento, Grayson le pasó la copa a Mason sin decir una palabra.

—Ya vuelvo.

Mason lo vio alejarse, con el ceño fruncido.

—Lo que hace el jodido amor… —murmuró, antes de beberse lo que quedaba del vaso—. Gracias a Dios, estoy vacunado contra eso.

Pero, al volverse, sus ojos se clavaron en una morena de piernas largas y vestido ajustado; le sonrió, encantador, alzando las cejas.

—Hola, belleza... ¿estás sola esta noche?

En el baño, Kate vomitó una y otra vez; se sostenía del borde con una mano temblorosa y la otra el vientre. Y cuando por fin terminó, se dejó caer sobre el pequeño banco de mármol, respirando agitadamente.

—Tú eres diferente —susurró, mientras cerraba los ojos por un instante—. No sé por qué… pero lo siento. Eres más fuerte. Más rebelde, que tu hermano.

Se levantó, fue al tocador, se enjuagó la boca y luego se retocó los labios. Mientras lo hacía, seguía hablando con voz suave.

—Oliver va a estar tan feliz cuando sepa que existes.

Guardó el lápiz labial, todavía sonriendo, y entonces la puerta del baño, se abrió y ella se tensó al instante.

Grayson.

Su figura llenó la puerta y sus ojos, oscuros, la recorrieron de pies a cabeza.

—No puedes estar aquí. Es el baño de mujeres —dijo con frialdad, intentando mantener la calma aunque el corazón le latía en el pecho.

—Me importa un bledo si este es el baño de la reina Isabel —gruñó, cerrando la puerta detrás de él con un golpe seco—. En este momento vas a decirme qué diablos tiene de gracioso ese maldito alemán con cara de pastel vencido. Porque tengo una hora viendote cómo te reías como si fueras su maldita novia.

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