C168- EL PADRE DEL BEBÉ.
Días después, Grayson fue dado de alta y Eleonora no tardó en imponer su presencia protectora, siguiendo a su hijo con una manta, un té caliente y miradas que lo revisaban de arriba abajo.
—Mamá, ya estoy bien —protestó él, con una media sonrisa—. Soy un hombre, no un niño.
—Para mí siempre serás mi hijo… —replicó ella, entregándole la taza de té—. Ya perdí a una hija, no pienso perderte a ti.
Grayson sintió un peso en el pecho y la atrajo a sus brazos.
—La vamos a encontrar, mamá.
Eleonora asintió, pero sus ojos ya estaban rojos.
—¿Cuándo, Grayson?… ¿Cuándo? Ha pasado tanto tiempo y todavía no hay noticias de Gianna.
Ella escondió la cabeza contra su pecho, y él la sostuvo con fuerza. Apretó los labios, guardando el dolor que le quemaba por dentro. Sabía algo de ella, pero era una información que no podía compartir; lo más probable era que Gianna hubiera sido secuestrada por una red de tráfico de mujeres, para ser vendida como carne a hombres dispuestos a pagar fortunas por jóvenes.
Pero no podía decirle eso a su madre, no sin destruirla.
Cerró los ojos y tragó saliva, sintiendo cómo la culpa lo consumía.
Mientras tanto, Kate bajó del auto frente al hospital Saint James. No había querido ir antes; no se sentía preparada para verla. Pero el médico la había llamado de nuevo y le había dicho dos cosas que la dejaron helada: su hermana estaba en coma… y estaba embarazada.
Lo segundo le había estrujado el corazón.
El doctor le preguntó si quería interrumpir el embarazo, le explicó que los riesgos eran altos. El cuerpo de Katerina, aunque vivo, no se defendía igual que si estuviera consciente, y esa era una decisión que la colocaba entre la espada y la pared.
Cuando llegó al consultorio, respiró hondo y su mano acarició instintivamente su propio vientre, que ya comenzaba a notarse.
Finalmente, abrió la puerta y dentro, un hombre estaba de espaldas, con cabello negro perfectamente peinado, vestido impecable y su bata blanca. En cuanto la escuchó, se giró, y las gafas que llevaba no ocultaban la intensidad de sus ojos.
Había algo en su porte, elegante y seguro, que no pasaba desapercibido.
—Siéntese, señora Langley —dijo, señalando la silla frente a él.
Kate obedeció.
—¿Es usted… el doctor James?
—Sí, yo mismo —respondió, extendiendo la mano—. No se preocupe, todos me creen más joven para mi edad, pero le aseguro que mis treinta años están bien ganados.
Kate intentó sonreír mientras él tomaba unos papeles.
—Bueno… creo que debemos hablar sobre su hermana. ¿Qué ha decidido, señora Langley? ¿Interrumpirá el embarazo?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: CONQUISTANDO A MI EXESPOSA SECRETA
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