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Cuando al fin ella se rindió, él se enamoró romance Capítulo 698

Carlos guardó silencio. Bajó la cabeza, sumiéndose en sus propios pensamientos. Celia no podía adivinar qué pasaba por su mente.

—En fin, iré a limpiar las tumbas de papá y mamá —comentó Celia rompiendo el silencio—. Continúa con lo de tus pizzas.

Al ver que ella se alejaba en dirección a la salida, preguntó:

—¿No prefieres que te acompañe?

Celia agitó la mano en el aire restándole importancia, tomó su bolso de mano y salió de la casa.

***

Tomás se encargó de conducir el auto para llevar a Celia rumbo al cementerio donde descansaban los restos de los padres de Carlos. Había nevado recientemente y las condiciones de la carretera eran bastante complicadas. Fuera de la ventana, el mundo se desplegaba en un manto blanco y puro. Las ramas de los árboles a los costados del camino, completamente desnudas por el invierno, no conservaban el menor rastro de verdor.

Celia contempló el ramo de margaritas blancas que llevaba a su lado. En su interior, una mezcla indescriptible de sentimientos encontrados comenzó a embargarla.

El vehículo avanzaba a velocidad moderada, abriéndose paso sobre la nieve acumulada mientras ascendía por la colina, hasta que finalmente alcanzó la entrada principal del cementerio.

Tomás estacionó el auto en un espacio libre. Celia tomó las ofrendas junto con las flores y se adentró en el silencioso lugar.

No tardó mucho en localizar la tumba que llevaba grabados los nombres de los padres de Carlos. Al fijar la mirada en las fotografías en blanco y negro incrustadas en la piedra, ella sintió como si pertenecieran a una existencia completamente ajena, a otra vida.

Se arrodilló con cuidado, retiró la capa de nieve y las hojas secas que se habían acumulado frente a la lápida y acomodó el ramo sobre el altar.

—Papá, mamá, he venido a visitarlos. Por fin encontraré a mi familia biológica. Les agradezco desde el fondo de mi corazón todo el amor con el que me criaron. Pueden descansar en paz. Carlos ahora se encuentra muy bien. Se ha convertido en un muchacho estupendo y se esfuerza al máximo cada día. Me encargaré de cuidarlo hasta el día en que forme su propio hogar y se case. Es la manera en que pienso retribuirles todo lo que hicieron por mí.

Celia inclinó la cabeza con profundo respeto frente a la sepultura y luego acarició las fotos en las lápidas.

El silencio que la rodeaba. El sutil aroma de las flores comenzó a expandirse, llenado el aire fresco. Las facciones de los ancianos retratados en la fotografía transmitían la sensación de estar observando a Celia a través de la barrera del tiempo, dándole una respuesta muda y llena de paz.

De pronto, el eco de unos pasos suaves y pausados resonó a sus espaldas. Celia se giró de inmediato y divisó a César, quien avanzaba firmemente en su dirección sosteniendo un paraguas negro de mango largo. Ella se puso de pie de inmediato.

—¿Cómo supiste que me encontraba aquí?

César se detuvo a escasos pasos de ella y desvió por un instante la mirada hacia las tumbas.

—Tomás me informó de que estabas en el cementerio. Imaginé que estarías justamente aquí.

—Un poco —confesó ella con total honestidad, sin intentar ocultar la vulnerabilidad de sus sentimientos.

Al escucharla, César detuvo su marcha, quedándose un paso por detrás. Celia se detuvo también y se giró para confrontarlo.

—César, soy plenamente consciente de que este divorcio se ha vuelto algo inevitable para los dos. Comprendo a la perfección las enormes dificultades por las que estás atravesando en este momento. Pero, tranquilo, no tengo la menor intención de convertirme en un estorbo para tus planes, ni seré una carga de la que debas preocuparte.

Dio un par de pasos hacia él, reduciendo la distancia entre ambos, y continuó:

—Por esa misma razón, lo único que espero es que no vayas a cometer una imprudencia que te cause daño. No quiero que te expongas al peligro de la misma manera que lo hiciste el año pasado, no quiero que…

Sus palabras se vieron interrumpidas de golpe. Él se inclinó y la besó. César acunó su mejilla con la calidez de la palma de su mano, mientras ladeaba la cabeza para fundirse en un beso profundo. Ese contacto físico parecía transmitir todo lo que las palabras no alcanzaban a formular, absolutamente todo.

El dolor latente por la separación, la incertidumbre del futuro y, por encima de todo, el inmenso amor que aún se profesaban.

Al cabo de un largo, sus labios finalmente se separaron. Él la contempló, encontrándola hermosa y encantadora bajo la luz invernal.

—Te doy mi palabra de que me cuidaré.

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