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Cuando el Anillo Cayó al Polvo romance Capítulo 1135

Fabián observó cómo Joana le daba de comer a Arturo, cucharada a cucharada, con una paciencia infinita. Inexplicablemente, una mezcla de emociones complejas lo invadió. Era como una ola embravecida que amenazaba con devorar su corazón palpitante. De repente, sintió que le faltaba el aire, como si no pudiera respirar.

Un dolor sordo y punzante le atravesó la cabeza. Se golpeó la sien con fuerza, intentando aliviar el malestar. Pero al ver la escena tan íntima dentro de la habitación, fue como si recibiera una descarga eléctrica. Sus ojos se inyectaron en sangre y, justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, una voz lo detuvo en seco:

—¿Qué estás haciendo?

Al oír la voz, la mano de Fabián, que ya alcanzaba el pomo de la puerta, se estremeció. Se giró y se encontró con la mirada vigilante del asistente de Arturo.

Fabián se sintió extrañamente avergonzado y el dolor de cabeza se disipó como la marea.

—Nada, solo pasaba por aquí.

Dicho esto, se alejó a grandes zancadas, recuperando su habitual aire distante.

Ezequiel, por su parte, frunció el ceño, con una sensación de que algo no cuadraba. Su jefe y Fabián nunca se habían llevado bien. ¿Cómo es que, en el poco tiempo que tardó en ir al baño, Fabián había aparecido en la puerta de la habitación? ¿Acaso pretendía hacerle daño al señor Zambrano?

Al llegar a esa conclusión, un escalofrío recorrió a Ezequiel. Decidió que tenía que contarle todo a su jefe, hasta el último detalle. No podía permitir que esas moscas tuvieran la oportunidad de hacer de las suyas.

Una vez que Fabián se fue, la vergüenza en su cara desapareció. Qué mala suerte que Ezequiel lo hubiera descubierto. Menos mal que se había ido rápido. Si Joana se enteraba, ¿no se sentiría aún más satisfecha? ¿Pensaría que su juego de hacerse la difícil ya había funcionado?

Solo de pensar que Joana podría malinterpretar la situación, Fabián no pudo evitar sonreír con ironía. Esa mujer, sin duda, todavía sentía algo por él. Y para darle celos, era capaz de cualquier cosa. La bofetada de antes, seguramente, solo era para preparar la escena que acababa de presenciar en la habitación. ¡Qué astucia!

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