Al entrar a la sección infantil, Belén no se detuvo hasta llenar varias bolsas con ropa para Cecilia.
Emilia, al ver el entusiasmo de su amiga, no pudo evitar comentar:
—Te esmeras mucho por tu hija, pero deberías dedicarte un poco de tiempo a ti misma.
Belén apenas le dedicó una sonrisa serena.
—Es que solo será esta vez. No sé cuándo podré volver a comprarle algo.
Emilia ya sabía que no podía convencerla de otra cosa, así que decidió acompañarla con paciencia.
Después de llenar un par de bolsas grandes, Belén anunció que ya era hora de ir a pagar.
La vendedora acomodó todas las prendas y, tras hacer la cuenta, dijo:
—Son ochenta y ocho mil pesos.
Belén se quedó quieta un instante, pero no puso objeción alguna. Sabía perfectamente que esa tienda de ropa infantil era de las más exclusivas del centro comercial; la calidad era excelente, pero los precios iban a la par.
Durante los años en que cuidó de Cecilia, solía venir aquí seguido. Cada compra nunca bajaba de miles, y a veces se gastaba decenas de miles de pesos en una sola visita.
Para ella, ese monto no era motivo de sorpresa.
Además, Fabián siempre le había dado una tarjeta bancaria y cada mes le depositaba dinero para que no le faltara nada a Cecilia. Al principio, Belén revisaba el saldo, pero Fabián era tan generoso que, con cada depósito de cien mil pesos, nunca lograba gastarlo todo.
Con el tiempo, dejó de fijarse en el saldo de la tarjeta.
Emilia, al escuchar el precio, se quedó boquiabierta, pero luego pensó que, al final de cuentas, era la esposa de Fabián y madre de su hija; lo normal era que todo lo que usaran fuera de lo mejor.
Después de todo, Fabián tenía el dinero para eso.
Belén buscó la tarjeta en su bolsa, la sacó y se la entregó a la vendedora, diciendo:
—La clave es 990824.
La vendedora pasó la tarjeta por el lector, pero la máquina emitió un pitido y en la pantalla apareció el mensaje de “pago no exitoso”.
Belén también escuchó el aviso y se quedó helada.
La vendedora, que conocía bien a Belén y estaba al tanto de su capacidad de compra, también se sorprendió por el rechazo.
Emilia, sin entender nada, preguntó confundida:
—¿Qué pasó?
La vendedora revisó la tarjeta y explicó con cuidado:
—Señorita Belén, su tarjeta ha sido bloqueada.
Al escuchar eso, Belén frunció el entrecejo.
—¿Por qué pasó eso?
Belén estuvo a punto de preguntarle por qué había bloqueado la tarjeta, pero al notar el tono de Fabián, entendió que él sabía perfectamente lo que hacía.
Las palabras se le atoraron en la garganta y prefirió callar.
En ese momento, Fabián agregó:
—Te transfiero el dinero.
A pesar de la rabia que sentía al escucharlo, Belén ya no tenía fuerzas para discutirle.
—No hace falta.
Y antes de que él pudiera decir algo más, cortó la llamada sin dudarlo.
Emilia, que había escuchado la conversación, ya no necesitaba más detalles para entender lo que pasaba. Indignada, le soltó a Belén:
—Ese maldito, ¿de verdad vas a seguir aguantando? ¿Por qué no te divorcias de una vez?
Con la voz apagada, Belén respondió:
—Ya falta poco.
Emilia se fue encendiendo cada vez más:
—¡Ese tipo es un desgraciado! Para el cumpleaños de la amante se gasta millones en fuegos artificiales, regalos y sorpresas, y a ti, que eres la madre de su hija, ni para ropa te da y tienes que estarle pidiendo permiso. Debería atropellarlo un carro, ¡de verdad!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....