Belén guardó silencio un momento antes de responder con indiferencia:
—Enterada.
—Entonces, cuando salgas del trabajo, pasa por la Mansión Armonía a recoger a Cecilia —añadió Fabián.
—De acuerdo —asintió Belén.
***
Al llegar la noche, Belén salió del trabajo y condujo directamente hacia la Mansión Armonía.
Cuando llegó, Cecilia ya estaba lista con una pequeña mochila a la espalda y dos bolsas en las manos.
Belén no preguntó qué llevaba en la mochila ni en las bolsas.
Fabián cargó las cosas, llevó a Cecilia hasta el carro de Belén y le dio instrucciones:
—En la casa de tu bisabuelo tienes que hacerle caso a tu mamá. Él ya es grande, así que acompáñalo, platica con él y juega un rato, ¿de acuerdo?
—Sí, papá, ya sé —respondió Cecilia con docilidad.
Fabián cerró la puerta y Belén bajó la ventanilla del conductor. Le preguntó a Fabián con extrañeza:
—¿No vienes con nosotras?
—Tengo cosas que hacer esta noche. Ya iré a visitar a mi abuelo en otra ocasión.
Belén no insistió. Subió la ventanilla y se dispuso a arrancar.
Pero en ese momento, Fabián volvió a hablar.
—Ah, por cierto, si mi abuelo pregunta, dile que fui a ver unos asuntos con Edgar y los demás.
—Ajá.
En cuanto el carro se alejó, Fabián se subió al suyo.
Durante todo el camino a la casa del abuelo, Belén no le dirigió la palabra a Cecilia, y la niña tampoco le habló.
Esa noche había algo de tráfico y los carros avanzaban a paso de tortuga.
Belén, sin embargo, demostró una paciencia admirable y no se quejó ni una sola vez.
Mientras esperaba en un semáforo en rojo, miró de reojo y vio el carro de Fabián, justo adelante y a la derecha.
Y él no estaba solo; Frida iba en el asiento del copiloto.
No sabía de qué hablaban, pero parecían pasarlo muy bien. Frida se tapaba la boca de vez en cuando para reír, con un gesto tímido.
Fabián también sonreía, pero era una sonrisa que Belén jamás le había visto.
Al contemplar la escena, Belén se quedó absorta, como en otro mundo.
No volvió en sí hasta que la luz se puso en verde.
Belén supuso que se trataba otra vez de sus ganglios inflamados y, sin pensarlo dos veces, accedió.
—Está bien, mamá te lleva de regreso.
La medicina estaba en la Mansión Armonía y, con las prisas, a Belén se le había olvidado por completo.
Si a Cecilia le dolía el estómago, era lógico que volvieran.
El anciano, al ver a su bisnieta quejarse con tanto dolor, no se atrevió a retenerlas y dejó que Belén se la llevara.
Durante el trayecto de vuelta, Belén condujo muy rápido, temerosa de que Cecilia se pusiera peor con el dolor y el llanto.
Pero en cuanto llegaron a la Mansión Armonía, fue como si Cecilia se hubiera curado por completo. Se bajó del carro con su mochila y le dijo a Belén:
—Mamá, yo ya me meto. Le voy a decir a Camila que me dé mi medicina. Tú ya vete a tu casa.
En ese instante, Belén se sintió más confundida que nunca.
Era evidente que a su hija no le dolía el estómago de verdad, pero ¿por qué había fingido?
Mientras observaba la figura de Cecilia entrar felizmente a la Mansión Armonía con su pequeña mochila, su curiosidad llegó al límite.
Belén se bajó del carro y la siguió sigilosamente.
Quería ver por qué razón su propia hija le había mentido una vez más.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....