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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 263

Al día siguiente, Belén salió temprano del trabajo.

Alejandra pasó a recogerla y la llevó a que la arreglaran.

Como no había mucho tiempo, el maquillista optó por algo sencillo.

Alejandra eligió para Belén un vestido blanco, largo y ajustado, tipo *strapless*. La falda le cubría por completo las piernas, pero la parte de arriba era reveladora en su justa medida.

A pesar de haber dado a luz, Belén seguía teniendo un cuerpo espectacular: curvilíneo y con una cintura tan delgada que parecía que se podía rodear con una sola mano.

Su figura, sumada al maquillaje y los tacones, hizo que hasta Alejandra se quedara mirándola embobada.

—¡Belén, qué cuerpazo! Fabián de verdad no sabe lo que tiene —dijo Alejandra, tomándola del brazo y riéndose con ella.

Belén se miró en el espejo y también se quedó absorta por un momento.

En cinco años de matrimonio, Fabián nunca la había llevado a ninguna fiesta. Ella rara vez se arreglaba de una forma tan elegante.

El maquillaje de diario era muy diferente al de un evento de gala. Esa noche, con el vestido largo y el cabello suelto sobre la espalda, Belén emanaba una elegancia y delicadeza instantáneas.

Cuando llegaron al lugar del evento, ya había bastante gente.

La noche prometía una pasarela, un baile, salas de negocios y hasta una zona de juegos y comida para los niños.

Apenas entraron, vieron a Fabián, impecable en un traje negro de diseñador, y a Frida, con un atrevido y sensual vestido corto de color rojo.

Frida iba del brazo de Fabián, y ambos se dirigían al segundo piso, seguramente para alguna reunión de negocios.

Abajo, en la zona de comida, dos niños estaban sentados charlando.

—¿La señora bonita del vestido rojo es tu mamá? —preguntó un niño.

La otra niña era Cecilia. Estaban de espaldas a la entrada, así que no vieron llegar a Belén y a Alejandra.

Cecilia lo pensó un momento y respondió con sinceridad:

—No, ella es mi señorita.

El niño se sorprendió.

—Ah, vaya. Pues se llevan muy bien.

Cecilia, comiendo un pastelito y balanceando las piernas, levantó la cabeza con orgullo.

En aquel entonces, Cecilia todavía era cercana a Belén, por lo que también quería mucho a Alejandra.

Pero ahora, ni siquiera la saludaba.

El niño también se giró junto con Cecilia. Al ver que no decía nada, comentó:

—Cecilia, ¿por qué no saludas? La maestra nos dijo que hay que ser educados y saludar a la gente.

Cecilia se sonrojó de vergüenza, saltó de la silla y le gritó al niño con enojo:

—¡A ti qué te importa!

Y no contenta con eso, le dio un pellizco antes de salir corriendo.

El niño, adolorido, rompió a llorar con un fuerte «¡Buah!».

Alejandra, al ver la escena, se volvió hacia Belén.

—Cecilia está así, ¿de verdad no piensas hacer nada?

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