La explicación de Tobías, llena de dobles sentidos y acompañada de su rostro de sinvergüenza, hacía que cualquiera que lo escuchara se imaginara cosas.
La mujer más cercana a él... ¿acaso no sería la que compartía su cama?
Con la fama de mujeriego que tenía Tobías, todos pusieron cara de «ya entendí, ya entendí».
El grupo que lo rodeaba se echó a reír por algo que dijeron.
Belén le echó una mirada rápida a Tobías y luego apartó la vista.
Menos mal que no se había creído ni una palabra de lo que él le había dicho. Si no, al verlo ahora entrando y saliendo con otra mujer, estaría destrozada.
El niño en su regazo se dio cuenta de que Belén estaba distraída y le dio un tironcito en la ropa.
—¿Señora?
Belén volvió en sí y le sonrió al niño.
—Claro que sí.
Escribió su número de teléfono en una servilleta y se la dio al niño.
El niño tomó la nota, la guardó con mucho cuidado en el bolsillo y le dijo:
—Gracias, señora.
En ese momento, una voz masculina, grave y agradable, se escuchó detrás de ellos.
—Fabio, ven aquí.
Belén se giró instintivamente y vio a un hombre con lentes. Llevaba un traje gris oscuro que le daba un aire serio y maduro. Su cabello corto estaba perfectamente peinado, y tenía unas cejas pobladas y ojos profundos. Un rostro muy atractivo.
Sin embargo, no había ni rastro de una sonrisa en su cara. Parecía meticuloso, con un aire de distancia que mantenía a la gente alejada.
Al oír que lo llamaban, el niño se bajó de las piernas de Belén.
Miró al recién llegado y gritó alegremente:
—¡Papá!
El hombre extendió la mano hacia el niño y dijo con un tono frío y distante:
—Ven.
El niño le dio su manita regordeta al hombre y soltó un «oh» a regañadientes.
En ningún momento, la mirada del hombre se detuvo en Belén. Ni siquiera le dedicó una ojeada.
Belén entendió la situación: la chica le había manchado el vestido con la salsa.
Pero la chica se disculpó con tanta sinceridad y parecía tan arrepentida que Belén pensó que no lo había hecho a propósito y no la culpó.
—No te preocupes —dijo simplemente.
Dicho esto, se alejó de la zona de comida y se dirigió al baño.
Se paró frente al espejo y se giró para ver su espalda. Una gran mancha de salsa roja cubría una parte del vestido.
Una mancha en un vestido blanco puro le quitaba todo su encanto.
Intentó limpiarla, pero no alcanzaba.
Pensó que, aunque alcanzara, no podría quitar la mancha, así que se rindió.
Se lavó las manos y, al levantar la vista, vio una figura nueva en el espejo.
Fabián estaba recargado en la pared, con la mirada fija en la mancha en la espalda de Belén.
—La que te hizo eso lo hizo a propósito —dijo de repente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....