Alejandra notó la tristeza en la voz de Belén y no hizo más preguntas.
Media hora después de colgar, llegó al hospital. Aunque era invierno, tenía la cara cubierta de sudor.
Cuando vio el rostro de Belén, lleno de moretones, se quedó paralizada.
—¿Qué pasó? —preguntó, confundida.
Belén intentó sonreír.
—No es nada.
Alejandra se dio cuenta de que estaba fingiendo. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a rodar por sus mejillas.
—¡Belén, dime quién te hizo esto! —gritó—. ¡Voy a buscarlo ahora mismo!
Al ver a Alejandra tan alterada, Belén intentó calmarla.
—Alejandra, de verdad, estoy bien.
Los ojos de Alejandra estaban rojos, y las lágrimas no dejaban de caer. Eran amigas desde hacía muchos años y nunca la había visto así; sabía que Belén solo se preocupaba por ella.
Respiró hondo y trató de controlar su furia.
Se acercó a la cama, le acomodó la cobija y le preguntó:
—Debes tener hambre, ¿verdad?
Belén asintió, y una lágrima se le escapó.
—Sí.
—Voy a comprarte algo de comer ahora mismo. Espérame.
Dicho esto, salió de la habitación, secándose las lágrimas mientras caminaba.
Una vez fuera, no pudo contener el llanto.
Cuando llegó el elevador y entró, seguía sollozando en silencio. Bajó la cabeza para que nadie la viera llorar.
Como iba mirando al suelo, no se dio cuenta de que Mateo Carrillo estaba en una esquina del elevador.
Él sí la vio e incluso la saludó con la mano.
—Hola, señorita Alejandra, ¡qué coincidencia!
Era una llamada del director de su departamento.
—Belén, ¿por qué no viniste a trabajar hoy?
—Director Cardozo —respondió Belén con voz ronca—, no me he sentido bien estos días. Quería pedirle permiso para faltar.
Al oír la palabra «permiso», el director estalló.
—¿Y no sabes que los permisos se piden con anticipación?
Antes de que Belén pudiera explicar, Alejandra le arrebató el celular y le gritó al director:
—¿Cómo chingados se supone que uno avise que se va a enfermar? ¡A ver, dígame usted!
Del otro lado de la línea, hubo un silencio.
Pero Alejandra ya estaba encendida.
—Mire, si va a ser un buen jefe, hágalo bien. Y si no, ¡renuncie! Si le parece, descuéntele los días, y si no, ¡córrala! Pero déjese de estar chingando.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....