Después de gritarle al director, Alejandra colgó la llamada de un golpe.
Lanzó el celular sobre la cama, furiosa, pero al mirar a Belén, su expresión se suavizó y la abrazó con ternura.
—Qué jefe de porquería. A la mierda con ese trabajo. No volvemos.
Como doctora, Belén estaba acostumbrada a que sus superiores la regañaran. Pero ver a Alejandra tan preocupada por ella le provocó un nudo en la garganta.
En ese momento, el celular de Belén volvió a sonar.
Alejandra, pensando que era del hospital de nuevo, lo tomó lista para soltar otra sarta de insultos. Pero al ver quién llamaba, su furia se desvaneció.
Le pasó el celular a Belén.
—Es tu cuñada.
El rostro de Belén cambió de color. Su corazón empezó a latir con fuerza.
«¿Será que mi cuñada ya sabe algo?», se preguntó, nerviosa.
Con el corazón en un puño, contestó la llamada.
—Hola, cuñada.
Contrario a lo que esperaba, la voz de Dolores no sonaba preocupada, sino extrañamente tranquila.
—¿Vienes a cenar a la mansión Soler esta noche? Hoy no tengo grabación, así que pensé en cocinar algo. Sé que te encantan el conejo y los camarones empanizados, y quería preparártelos.
Al escuchar a Dolores, a Belén se le hizo un nudo en la garganta y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Se mordió el labio con fuerza para que Dolores no escuchara sus sollozos.
Al no oír respuesta, Dolores preguntó, vacilante:
—¿Belén?
Belén respiró hondo y respondió, conteniendo la voz:
—Cuñada, hoy no voy a poder ir.
—¿Qué pasa? ¿Tuviste problemas en el trabajo? ¿Alguien te molestó? —preguntó Dolores de inmediato.
—No, no es nada de eso. Es que tengo que hacer horas extras.
—Pero ya tienes mucho tiempo sin venir a la mansión. Tu hermano y Rosa te extrañan mucho. Y mis suegros también preguntan por ti a cada rato.
El hombre del otro lado hizo una pausa antes de responder.
—Sí, las revisamos, pero no hay una cadena de pruebas sólida. No podemos ni vamos a arrestar a nadie sin fundamentos.
Al escuchar esa respuesta evasiva, Belén no pudo más.
—Siempre dicen que no hay pruebas, pero ¿y todas estas heridas que tengo en el cuerpo? ¿Qué son?
—Bueno, ¿y si esas heridas se las hizo usted misma? —replicó el oficial con calma.
Belén estalló de ira.
—¡Claro, porque estoy loca y me gusta golpearme a mí misma! —gritó con todas sus fuerzas.
El policía soltó una risita burlona.
—Si no estuviera loca, ¿qué estaría haciendo en un hospital?
Al oír eso, a Belén se le secaron las lágrimas. Una risa amarga, llena de desolación y resignación, se le escapó.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....