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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 461

Belén solo desechó la idea de escapar cuando vio que era Mariana quien llegaba.

Mariana traía una pequeña caja en la mano. Al acercarse, la arrojó sin ninguna delicadeza sobre el buró y soltó con fastidio:

—Fabián teme que te mueras de hambre aquí sola, así que me mandó a ver cómo estabas.

Al oírla, Belén endureció el gesto.

—No necesito su falsa amabilidad.

—¿Y tú crees que yo quería venir? —se burló Mariana con desdén—. Estaría mucho más a gusto en mi casa, viendo la tele, cuidando mis plantas o dándole de comer a mis peces que viniendo a verte la cara de perro callejero que traes.

Las palabras de Mariana le arrancaron una risa amarga a Belén.

—Entonces puedes largarte.

Oír a Belén decirle que se largara hizo que Mariana estallara.

—¡Belén, ¿a ti ya se te subió a la cabeza y crees que puedes volar?! ¿Cómo te atreves a gritonearme? ¿De verdad te creíste el cuento de que eres una señorita de buena familia, a la altura de los Rojas? —Tras una pausa, añadió con más sarcasmo—: ¿Por qué no te miras en un espejo? ¿En qué te pareces a una niña bien? El que te hayas podido casar con mi Fabián es como si a tu familia le hubiera tocado la lotería.

Belén soltó una risa aún más irónica, pero no dijo una sola palabra.

Viendo su actitud, Mariana se enfureció.

—Ni siquiera eres para poner una buena cara. ¿De verdad crees que soy tu piñata o qué? Vas a ver cómo te pongo en tu lugar.

Dicho esto, Mariana comenzó a arremangarse, dispuesta a pegarle.

En ese momento, Belén no sintió tanto miedo, porque Tobías estaba ahí. No era como aquella noche, cuando estaba completamente sola.

Justo cuando Mariana levantaba la mano, la puerta del baño se abrió. Tobías, vestido con una pijama gris, se recargó en el marco. No se acercó a la cama; se quedó ahí y advirtió con voz potente:

—Atrévete a tocarla y vas a ver.

Mariana se giró al oír la voz. Al ver a Tobías, se detuvo un instante y preguntó, titubeante:

—¿Tobías?

Tobías se pasaba la rasuradora eléctrica por la cara, sintiendo la barba de un día. Luego, le sonrió a Mariana.

—¿Mirarme qué? —preguntó Tobías, arqueando una ceja con una sonrisa—. ¿Lo guapo que soy, lo popular que soy con las mujeres?

—Qué descarado —escupió Mariana.

Tobías se encogió de hombros, restándole importancia. Pero al instante siguiente, la sonrisa de su rostro se desvaneció, reemplazada por una frialdad glacial.

—¿Ya te puedes largar?

—¿Y tú con qué derecho te quedas aquí? —replicó Mariana, divertida.

Tobías alargó las palabras, repitiendo la pregunta de ella.

—¿Con qué derecho? —Después de pensar un momento, se giró hacia Belén y dijo con clara intención—: ¿Me preguntas por qué? ¿No deberías preguntárselo a la señorita Belén?

Al oír eso, Mariana se volvió de inmediato hacia Belén y le preguntó en voz baja:

—Dime, ¿qué quiso decir Tobías con eso?

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