Belén se incorporó con esfuerzo, apoyándose en la cabecera. Al ver la confusión en el rostro de Mariana, soltó sin pensar:
—El señor Tobías es mi amante.
La declaración no solo dejó helada a Mariana, sino también a Tobías, que observaba la escena como un espectador más. Había pensado que Belén diría que eran amigos, o incluso que no se conocían; jamás se imaginó que pudiera decir con esa cara de póker que era su amante. Aunque fuera mentira, la seguridad de Belén en ese momento lo dejó perplejo.
—¿Qué? —preguntó Mariana, atónita.
—El señor Tobías es mi amante —repitió Belén.
Esta vez, Mariana la oyó con claridad. Con el rostro desencajado, le espetó:
—¿Estás loca? ¡Se ve que ya no tienes límites! ¿Cómo te atreves a ponerle el cuerno a Fabián?
Mientras hablaba, levantó la mano para abofetear a Belén.
Tobías, que lo veía todo desde la distancia, no mostró ni un ápice de prisa. Al contrario, le dijo a Mariana con toda calma:
—Antes de que muevas un dedo, piénsalo dos veces. ¿Estás segura de que puedes asumir las consecuencias? Si ya soy su amante, deberías tener claro que ella lo es todo para mí. Si la tocas, es como si me estuvieras matando. ¿De verdad la familia Rojas puede cargar con ese peso?
Tras un momento de silencio, Mariana bajó el brazo, furiosa. Pero como la rabia la ahogaba, la descargó sobre Belén.
—¿Haciendo esto crees que no le faltas al respeto a Fabián?
Belén ya estaba harta.
—¿Y si se lo falto qué? ¿Y si no, qué?
—¡Eres una descarada! —gritó Mariana, señalándola—. ¡Mira que enredarte con un tipo como Tobías!
Belén, impasible, levantó la vista hacia ella.
Finalmente, Mariana se marchó, derrotada.
Cuando se fue, Tobías tomó la pequeña caja del buró. Al abrirla, encontró solo un tazón de avena. Con un gesto de desprecio, la tiró a la basura.
Poco después, sonó su celular. Era su asistente.
Tobías esperó junto a la puerta y, al poco rato, el asistente llegó con un desayuno preparado con esmero. De vuelta en la habitación, abrió los recipientes. El desayuno era muy completo: avena, un platito con guisado, huevos y unos burritos.
Belén estaba adolorida y le costaba comer, así que Tobías se ofreció a darle de comer. Inclinó la cabeza, revolvió la avena con la cuchara y, después de darle el primer bocado, la miró con seriedad.
—Deshazte de ese bebé y vámonos de Páramo Alto. Te llevaré a tener la vida que siempre has querido.
Él no olvidaba lo que ella le había dicho una vez: que solo quería una felicidad sencilla y tranquila.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....