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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 474

Al ver a Tobías tan dispuesto, Dolores no pudo evitar sonreír.

—Señor Tobías, no se moleste. En casa hay personal que se encarga de eso.

Para ella, un hombre capaz de hacer algo así por una mujer no podía ser tan malo.

Tobías se sonrojó al instante.

—Entonces… trapearé el piso —insistió.

—Belén, contrólalo, por favor —dijo Dolores con una sonrisa amable, dirigiéndose a su cuñada.

Belén, que había presenciado toda la escena, no entendía qué pretendía Tobías. Si la que le gustaba era Frida, ¿por qué se humillaba haciendo esas cosas en su casa? No lo comprendía. Aprovechando la oportunidad que le dio Dolores, le dijo:

—¿No me habías dicho que tenías una junta en la tarde? Anda, te acompaño a la puerta.

Tobías entendió que lo estaba corriendo, pero aun así, respondió con descaro:

—Ya delegué todo. La junta puede seguir sin mí. Hoy mi única prioridad es acompañarte a la cena de esta noche. —Y para que Belén no pudiera negarse, se dirigió a Leandro y a Dolores—. Supongo que mi cuñado y mi cuñada tampoco se sentirían tranquilos si vas sola.

—Tobías, tú… —empezó a decir Belén, exasperada.

Él le dedicó una leve sonrisa, con una expresión de victoria en los ojos. Belén pensó que, conociendo el carácter de Leandro, no dejaría que Tobías se quedara. Pero entonces, escuchó a su hermano decir:

—Entonces, sube a descansar un rato. —Y luego, dirigiéndose a una empleada—: Acompañe al señor Tobías a la habitación de huéspedes.

La empleada obedeció.

Belén, sintiéndose culpable, se giró, pero sus ojos iban de un lado a otro, evitando los de Tobías. Al verla así, él se acercó con una sonrisa.

—Aunque no me lleves ahora, te encontraré de todos modos —le susurró al oído—. ¿Para qué te molestas?

Belén no dijo nada y bajó las escaleras. Tobías la siguió, sin apartarse de ella ni un centímetro.

Antes de llegar a la entrada, Belén vio el carro de Hugo. Él estaba de pie junto al vehículo, con un abrigo negro que le daba un aire elegante y distinguido. Una llovizna fina caía. Aunque apenas pasaban de las cinco, el cielo ya empezaba a oscurecer.

Hugo sostenía un gran paraguas transparente. Esperaba en silencio. Al ver salir a Belén, levantó ligeramente el paraguas y su rostro se iluminó con una sonrisa. Ver a una persona tan amable, de pie bajo la lluvia, era suficiente para derretir el corazón de cualquiera.

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