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De Esposa Desechable a Cirujana Renacida romance Capítulo 535

Tobías condujo llevando a Belén y a Gabriela en el asiento trasero. Durante todo el trayecto, Gabriela no dejó de conversar con Belén.

Le preguntó qué le gustaba comer, si prefería usar faldas o pantalones, cuál era su color favorito, si había algo que deseara, si tenía algún lugar al que le gustara ir...

En fin, Gabriela hizo muchas preguntas. Belén, aunque preocupada por Alejandra, lo cual se notaba en su ansiedad, respondió a cada una de ellas.

Pronto, el carro se detuvo frente al edificio de Alejandra.

Subieron las escaleras en silencio, tratando de no hacer ruido para no molestarla.

Esteban seguía sentado en el sofá. Al oír el ruido en la puerta, se giró y, al ver que Gabriela estaba con ellos, se puso de pie y saludó en voz baja:

—Señora, usted también vino.

Gabriela le sonrió a Esteban.

—Sí, vine a ayudar a mi nuera a resolver un problemilla.

Esteban asintió y, con una sonrisa discreta, se hizo a un lado.

Mateo, que estaba de pie junto a la puerta de la habitación de Alejandra, se acercó lentamente al verlos llegar.

—Señora.

Gabriela notó la profunda preocupación en los ojos de Mateo, le sonrió para tranquilizarlo y le dijo:

—No te preocupes, todo estará bien. Voy a entrar a verla.

Al oír esto, los ojos de Mateo se enrojecieron.

—Sí, gracias, señora.

Antes de entrar en la habitación, Gabriela se giró para mirar a Belén.

—Belén, entra conmigo.

Belén no lo dudó.

—Está bien —asintió.

Dicho esto, acompañó a Gabriela al cuarto de Alejandra.

La habitación estaba iluminada solo por una pequeña lámpara. Alejandra estaba acurrucada en la cama, inmóvil.

Sin embargo, Ismael tenía sus videos. Si los hacía públicos, su carrera y su vida entera quedarían arruinadas.

Alejandra era, en cierta medida, una figura pública. Esos videos, sin duda, desatarían una reacción en cadena.

Al ver que Alejandra no escuchaba razones, Gabriela se inclinó y, con fuerza, le apartó las manos que cubrían su rostro.

Alejandra luchó y se resistió, pero no pudo escapar del agarre de Gabriela.

Así, su rostro quedó completamente expuesto a la luz. La intensidad la hizo entrecerrar los ojos, y las lágrimas rodaron por sus sienes.

—Sería mejor morirme —sollozó con amargura—. Si me muero, todo se acaba.

Gabriela le tomó el rostro entre las manos y le dijo en voz baja:

—Escúchame bien, niña, y mírame.

Dicho esto, se enderezó.

Belén sentía lástima por Alejandra, pero sabía que Gabriela tenía razón.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, Alejandra los abrió lentamente. Vio a Gabriela de pie junto a la cama, desabrochándose la ropa y luego quitándose los pantalones...

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