En la penumbra, Belén a duras penas logró fijar la mirada en los ojos de Tobías.
—¿No te habías ido? —le preguntó con voz ronca.
Tobías también la miraba fijamente.
—Sí, pero me preocupaba que no volvieras a casa, así que vine a esperarte.
Se acercó a propósito, fingiendo una expresión amenazante mientras continuaba—: Si no regresabas, hoy mismo le habría puesto la casa de Fabián de cabeza.
Belén no se apartó. Podía sentir el calor que emanaba de Tobías, pero no distinguía con claridad su expresión ni su intento de parecer feroz.
Ella no podía verlo bien, y él tampoco a ella.
Así, sus miradas se encontraron torpemente en la penumbra.
Belén sabía que era muy tarde. Ignorando lo que él había dicho, cambió de tema de repente.
—Ya vete.
Al oírla, Tobías reaccionó al instante.
—No quiero. Acabo de llegar, no me quiero ir.
Mientras hablaba, apoyó la cabeza en el hombro de Belén.
Tobías levantó el rostro y, en ese preciso instante, vio el brillo de las lágrimas en los ojos de ella.
Por un momento, se quedó perplejo.
Acto seguido, se enderezó de golpe, extendió la mano para encender la luz y, cuando se giró de nuevo hacia ella, Belén desvió la cara instintivamente.
Al mismo tiempo, se limpiaba las lágrimas con la mano.
Tobías lo vio todo. Se acercó más, le tomó la mano y, con un tono lleno de compasión, le preguntó:
—¿Por qué lloras así de la nada?
Belén negó con la cabeza.
—No es nada, solo tuve una pesadilla.
Con la yema de sus dedos tibios, él le secó una lágrima de la comisura del ojo y le preguntó con voz suave:
—¿Qué soñaste?
Ella no quería hablar de eso. Volvió a negar.
De repente, su aliento, su olor, todo él la envolvió por completo.
Por un instante, Belén se sintió completamente aturdida.
Cuando por fin logró reaccionar, su voz ronca sonó casi como un murmullo coqueto.
—Tobías, ¿podrías quitarte de encima?
Él la observaba fijamente: su rostro, su clavícula, su pecho que se insinuaba con cada respiración agitada.
En ese momento, una chispa de deseo encendió su mirada.
Belén sintió sus ojos sobre ella y, por instinto, se cubrió el pecho con las manos.
—¡Tobías! —exclamó, molesta.
Como si no la hubiera oído, él le sujetó ambas manos. Luego, se inclinó, acercando sus labios a los de ella, pero se detuvo justo antes de besarla.
La miró a los ojos, que poco a poco se le humedecieron, y le preguntó con una sinceridad abrumadora:
—Nena, ¿puedo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: De Esposa Desechable a Cirujana Renacida
Faltan muchos capitulos y a los que hay les falta parte del texto. Asi es imposible. Te gastas dinero para leer u te toman el pelo....