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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 29

La conversación comenzó en la biblioteca.

Victoria no estaba invitada.

Había bajado para buscar unos documentos que Clara le dijo que Adrián había dejado en el escritorio principal. Necesitaba revisar una copia de los acuerdos matrimoniales antes de su siguiente cita con el abogado. No esperaba encontrar voces dentro de la biblioteca, mucho menos escuchar su nombre antes de tocar la puerta.

—Esto no puede seguir indefinidamente, Adrián —dijo su suegra.

Victoria se detuvo en el pasillo.

La puerta estaba apenas entreabierta.

—Mamá, no es momento —respondió Adrián.

—Al contrario. Es el momento de pensar con claridad. Fernanda está recuperándose, y cada día que pasa esta situación se vuelve más difícil de explicar.

Victoria bajó la mirada a la carpeta que llevaba en las manos.

Sabía que debía irse. Sabía que escuchar conversaciones ajenas podía hacer más daño. Aun así, sus pies no se movieron.

—Victoria es mi esposa —dijo Adrián.

Hubo una pausa breve.

—Legalmente —respondió Regina.

La palabra cayó con una frialdad limpia.

Adrián tardó en contestar.

—No hables así de mi matrimonio.

Victoria levantó la vista.

Esa defensa, pequeña y tardía, la tomó desprevenida.

Regina suspiró.

—No estoy atacándola. Victoria cumplió un papel importante. Nadie lo niega. Ayudó a sostener el acuerdo, mantuvo la imagen familiar y fue prudente durante años. Pero Fernanda despertó. No podemos fingir que eso no cambia nada.

—No estoy fingiendo.

—Entonces dime qué planeas hacer.

Adrián no respondió.

Regina continuó con calma:

—El apellido Montenegro no puede quedar expuesto a rumores. Los socios ya comentan. Los invitados miran. Todos saben que Fernanda y tú tenían una historia antes del accidente. Ahora ven a Victoria en medio y no entienden qué lugar ocupa cada una.

Victoria apretó la carpeta contra su cuerpo.

Ella tampoco lo entendía ya.

—Esta situación no es un problema de reputación —dijo Adrián.

—No, pero puede convertirse en uno si no se maneja bien.

—¿Manejar? —La voz de Adrián sonó más dura—. Estás hablando de una persona.

Regina guardó silencio unos segundos.

—Hablo de una situación entre ambas familias. Y sí, también económica. Porque llegado el momento, podemos compensar a Victoria de manera justa. Nadie pretende dejarla sin nada para que rehaga su vida.

Victoria sintió que algo en su interior se cerraba.

Compensarla.

Como si los años pudieran valuarse en una transferencia. Como si su matrimonio hubiera sido un servicio prestado con fecha de cierre. Como si su amor, su paciencia y su dolor fueran parte de una cuenta pendiente que los Montenegro podían pagar para quedar tranquilos.

—No quiero escuchar eso —dijo Adrián.

—¿Por qué?

—Porque suena como si Victoria fuera una transacción.

—¿Y qué fue este matrimonio al inicio, Adrián?

Abrió el cajón y sacó la libreta de su plan.

Pasó las páginas hasta llegar a la lista.

Documentos personales.

Cuenta bancaria propia.

Trabajo estable.

Divorcio.

Debajo había una línea que había escrito días antes.

Fecha límite.

Victoria tomó una pluma.

Pensó en el proyecto aprobado. En la próxima reunión con Daniel. En el abogado esperando documentos. En el anillo guardado en el cajón. En Fernanda sentada al lado de Adrián en la mesa. En Regina hablando de compensación. En Adrián callado.

No necesitaba más señales.

Escribió una fecha.

Faltaban tres semanas.

Tres semanas para reunir lo necesario. Tres semanas para cerrar pendientes. Tres semanas para dejar de vivir como invitada en una vida que todos creían con derecho a reorganizar.

Cuando terminó, dejó la pluma sobre la libreta.

Esa noche no sintió alivio.

Sintió el peso de su decisión.

No esperaría a que la expulsaran de la vida de Adrián.

Tomaría control de su salida antes de que otros la decidieran por ella.

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