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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 331

La mañana siguiente encontró la sala principal cubierta de invitaciones, muestras de tela y propuestas para la ceremonia. Victoria había pedido algo sencillo, pero Adrián contrató a un equipo dispuesto a presentar alternativas suficientes para celebrar tres bodas distintas, convencido de que ninguna opción sería excesiva si conseguía darle la celebración que ella merecía y que no tuvo la primera vez.

—No pienso cambiarme de vestido cuatro veces —advirtió Victoria.

—Yo no lo sugerí.

—Lo pensaste.

—Tal vez dos veces.

Victoria lanzó una muestra de tela contra él y Adrián la atrapó antes de acercarse para besarla. Camille levantó la mirada desde el sofá, intentando aparentar indiferencia, mientras Mathis comenzó a contar en voz alta cuánto tardaban en separarse.

—Diecisiete, dieciocho, diecinueve...

Victoria apoyó una mano sobre el pecho de Adrián y consiguió apartarlo, aunque él conservó un brazo alrededor de su cintura.

—Nuestros hijos están aquí.

—Ellos querían comprobar cuánto duraba.

—Yo no —aclaró Camille—. Fue idea de Mathis.

El niño continuó contando hasta que Adrián lo tomó en brazos y anunció que su responsabilidad principal durante la ceremonia sería llevar los anillos. Camille protestó porque su hermano podía perderlos antes de llegar al altar, de modo que Victoria propuso que ambos caminaran juntos.

—Yo no necesito que me cuide —dijo Mathis.

—No se trata de cuidarte —respondió Victoria—. Los dos forman parte de esta boda y queremos que estén a nuestro lado.

Camille aceptó, aunque exigió conservar los anillos hasta el momento de entregárselos. Aquella decisión inició una discusión entre los hermanos que Adrián aprovechó para acercar nuevamente a Victoria.

—Deberíamos dejarlos resolverlo.

—Tienen ocho y cinco años.

—Precisamente por eso encontrarán una solución más rápido que los adultos.

—La última vez que les permitimos resolver algo, Mathis cambió sus juguetes por el postre de Camille.

—Fue una negociación exitosa.

Victoria intentó contener la sonrisa, pero terminó apoyándose contra él. Camille los observó un instante antes de regresar a la discusión, como si verlos juntos hubiera dejado de ser algo capaz de desaparecer en cualquier momento.

Regina llegó poco después. En otro tiempo habría entrado imponiendo el lugar, el número de invitados y hasta la manera adecuada de presentar el apellido familiar, pero esa mañana se sentó frente a Victoria y preguntó qué necesitaba.

—Camille quiere que nos ayudes a escoger las flores —respondió ella.

—Puedo mostrarles algunas opciones, pero la decisión será de ustedes.

Camille ocupó el asiento a su lado. Todavía no la llamaba abuela, aunque comenzó a explicarle lo que deseaba con una confianza que Regina no intentó apresurar. La mujer escuchó cada indicación y, cuando estuvo a punto de descartar una combinación, se contuvo para preguntar qué opinaba la niña.

Isabel y Ernesto llegaron para acompañarlos. Isabel tomó una de las propuestas y comenzó a señalar los cambios que consideraba necesarios, hasta que su esposo cubrió su mano y la obligó a detenerse.

—Pregúntale a Victoria qué quiere.

La corrección la incomodó, pero dejó la hoja sobre la mesa.

—Tienes razón. ¿Cómo podemos ayudarte?

Victoria tardó en responder porque aquella pregunta era nueva dentro de su relación con su madre. Isabel acostumbraba a decidir qué necesitaban sus hijas y después presentaba esa elección como una muestra de amor.

—Quiero que acompañes a Camille y a mí cuando veamos los vestidos, pero necesito que no conviertas cada elección en algo relacionado con Fernanda.

Isabel asintió.

—Lo intentaré.

—No basta con intentarlo, mamá. No quiero escuchar qué habría escogido ella, qué vestido le quedaría mejor o cuánto lamentas que no pueda acompañarnos.

Isabel bajó la mirada, aunque no buscó defenderse.

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