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De esposa sustituta a la obsesión del CEO romance Capítulo 410

Por su parte en la mansion de la familia Montenegro Adrián permanecía de pie frente a la mesa principal de la mansión mientras tres direcciones aparecían marcadas en una pantalla, rodeadas por rutas, registros de vehículos, movimientos telefónicos y propiedades relacionadas indirectamente con personas que alguna vez habían trabajado para Daniel.

Para cualquiera, reducir una ciudad entera a tres posibles lugares en tan pocas horas habría parecido imposible, pero Adrián había utilizado cada contacto empresarial, cada empresa de seguridad, cada acceso legal a cámaras privadas y cada dato que sus hombres conseguían cruzar con la información de la policía, sin importarle cuánto dinero costara ni cuántas personas tuvieran que movilizarse mientras existiera una posibilidad de encontrar a Victoria.

Uno de los jefes de seguridad explicó nuevamente las diferencias entre las tres ubicaciones, aunque Adrián ya las conocía de memoria.

La primera era una propiedad utilizada meses atrás por una sociedad vinculada con uno de los administradores que aparecían alrededor de Harrington; la segunda correspondía a una casa rentada recientemente mediante documentación falsa y la tercera era un inmueble industrial donde un vehículo semejante al utilizado durante el secuestro había sido captado por una cámara privada antes de desaparecer de la zona.

—Quiero equipos en los tres puntos —ordenó Adrián—, pero nadie entra hasta confirmar movimiento porque si escogemos mal y Daniel detecta presencia alrededor de uno de esos lugares, puede trasladarlos antes de que lleguemos al correcto.

La serenidad con la que habló contrastaba tanto con la sangre seca que todavía marcaba parte de su rostro que uno de los hombres dudó antes de responder.

—Ya están en camino.

Adrián asintió y volvió a mirar la pantalla, aunque dentro de su cabeza no veía mapas ni direcciones. Veía la mano de Victoria alejándose de la suya y recordaba cómo había prometido no soltarla y, aun así, sus dedos terminaron separados mientras ella era arrastrada dentro de aquella camioneta. Desde que regresó a la mansión, había repetido ese instante tantas veces que ya no sabía si lo recordaba exactamente o si su culpa estaba deformándolo para convertirlo en algo todavía peor. Si hubiera sido más rápido o hubiera tenido más hombres, incluso si hubiera insistido en que Victoria no saliera de la estación hasta contar con refuerzos.

Cada pensamiento terminaba en el mismo lugar, aunque sabía perfectamente que Victoria habría odiado descubrir que su secuestro se convertía en la excusa para que él regresara a decidir por ella. Eso no evitaba que quisiera hacerlo. No evitaba que una parte de él deseara retroceder unas horas y encerrarla en la mansión aunque ella lo odiara por ello.

—Adrián.

Regina lo llamó desde uno de los sillones mientras él giró a verla. Su madre seguía con una marca visible en el rostro y un vendaje pequeño cerca de la sien, mientras Clara permanecía a su lado con los ojos hinchados de llorar y las manos cerradas alrededor de un pañuelo que no había soltado desde que Adrián regresó.

—¿Encontraste algo? —preguntó Regina.

—Tres lugares.

Clara levantó la cabeza con rapidez.

—¿Eduardo podría estar en alguno?

Adrián sintió una presión distinta en el pecho.

—Sí.

No quiso ofrecer una promesa vacía, pero tampoco podía soportar verla desmoronarse un poco más.

—Mis hombres ya están verificándolos y la policía también está moviéndose.

Clara se cubrió la boca mientras intentaba contener otro llanto.

—Yo debí protegerlo.

Adrián la miró y reconoció aquella culpa porque llevaba horas alimentando la propia.

—Daniel hizo esto, Clara. No tú.

La frase salió con más firmeza de la que sentía mientras Regina levantó los ojos hacia él.

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