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¡De rodillas, ex esposo! Ahora soy tu tía romance Capítulo 11

Alana abrió los ojos de par en par, totalmente tomada por sorpresa.

¿La señora Isabel había sufrido un infarto después de que ella se marchara esa noche?

Se apresuró a preguntar, llena de angustia:

—¿Y luego? ¿La llevaron al hospital? ¿Está estable?

Al ver que Lisandro mantenía el rostro frío y no tenía intención de responderle de buena manera, se dio la vuelta dispuesta a ir sola al hospital. Apenas dio dos pasos, él tiró de ella con brusquedad para detenerla.

—Tus berrinches tienen que tener un límite. Deja de actuar por celos, de crear problemas de la nada y de provocar mi paciencia una y otra vez —la reprendió Lisandro, apretándola contra él.

Al escuchar eso, Alana forzó una sonrisa sin palabras. Aparentemente, la decepción no tenía fondo.

Apretó los puños y, de pronto, vio a Francisco Vargas y a varios veteranos del gremio acercándose hacia ellos.

Por instinto, se dio la vuelta rápidamente para esconderse, quedándose rígida como si le hubieran lanzado un hechizo, aterrada de que la vieran.

En ese mismo instante, varios periodistas salieron corriendo del interior del edificio y, como si hubieran descubierto un tesoro, preguntaron con entusiasmo:

—Señor Herrera, ¿ha ocurrido algo?

Lisandro usó su cuerpo para bloquear la vista de los periodistas, levantó una mano para pedirles distancia y explicó:

—Es una admiradora un poco intensa, por favor no le tomen fotos, respetemos su privacidad.

Luego, como todo un caballero, les dio las gracias.

Los periodistas asintieron de inmediato, elogiando la amabilidad del señor Herrera y asegurándole que no se preocupara.

Alana se quedó allí, inmóvil como una piedra, y los reporteros perdieron el interés, alejándose en grupo.

Al segundo siguiente, Lisandro le sujetó los hombros por la espalda y le advirtió en voz baja:

—Mi madre y Yara están enfermas y no soportan las emociones fuertes. Si les pasa algo por tu culpa, jamás te lo perdonaré.

Alana se mordió el labio, ignorando por completo lo que él acababa de decirle.

Su único miedo era que su mentor la viera; solo quería que la tierra se la tragara. Pensó que bajo ninguna circunstancia podía avergonzarlo más, así que salió corriendo a toda prisa hasta desaparecer.

Al verla perderse en la esquina, Lisandro soltó un ligero suspiro de agotamiento y regresó al centro de convenciones.

A esa hora, la rueda de prensa ya había terminado y tanto los invitados como los medios se habían trasladado al salón de banquetes para la celebración.

Tras reunirse con Yara, se recargó en un rincón del salón, aún de mal humor por lo que acababa de pasar.

Yara, después de saludar a varios conocidos, volvió a su lado:

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