Xavier se relajó un poco, tomó la taza de café con elegancia y murmuró un “gracias”. Luego, miró a Gisela con aire superior y soltó:
—Tu amiga sí que me cayó bien.
Gisela fulminó a Delia con la mirada, y le salió la voz desde lo más profundo de la garganta:
—¿De qué lado estás tú, eh?
Delia le guiñó un ojo, sonriente:
—Yo siempre estoy del lado del chisme.
Y, sin perder la oportunidad, le lanzó una mirada acusadora:
—¡Por cierto! ¿Y tú cuándo pensabas contarme que conocías a este galán? ¿Cómo que nunca me dijiste nada? ¿A poco no me consideras tu amiga?
Gisela abrió la boca, queriendo defenderse, pero Xavier se le adelantó.
—Soy su vecino de enfrente.
Los ojos de Delia brillaron de emoción:
—¿A poco? Entonces también eres mi vecino.
Xavier la miró, desconcertado:
—¿Cómo está eso?
Delia se explicó:
—También vivo allí, pero últimamente he estado ocupada y casi no voy. Si hubiera sabido que el vecino de enfrente eras tú, te juro que no me perdía ni un solo día en la casa.
Dicho esto, Delia le extendió la mano al guapo, sonriendo de oreja a oreja:
—Mucho gusto, soy Delia, amiga de Gisela. Encantada.
Xavier bajó la mirada con aire reservado, echándole una mirada de soslayo a Gisela, y soltó un resoplido.
Con eso parecía querer decirle: “Mira nada más, tu amiga sí sabe cómo tratar a la gente, no como tú. ¿Qué tienes que decir a eso?”
Con la barbilla en alto, Xavier estrechó la mano de Delia con su mano perfectamente cuidada, la soltó enseguida y, con un aire de superioridad, dijo escuetamente:
—Xavier. Tampoco te emociones, casi nunca estoy en casa.
Delia le lanzó varias miradas cómplices a Gisela; el brillo travieso en sus ojos se notaba a leguas. Si se trataba de chismes, y más aún si involucraban a Gisela y un galán, su curiosidad se disparaba hasta el cielo.
—¿Y eso de la declaración? ¿Me lo puedes contar o no?
Xavier, con porte impecable, tomó un sorbo de café y contestó con toda la calma del mundo:


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