Nelson tenía a su asistente esperando afuera de la puerta, pero al escuchar el alboroto dentro, entró apresurado con varios hombres y se plantó firme bloqueando la salida.
El asistente, sin atreverse a mirar a Gisela a los ojos, juntó las manos delante de sí, agachó la cabeza y habló:
—Señorita Gisela, el señor Nelson aún no ha permitido que se retire.
Gisela giró la cabeza y le lanzó una mirada desafiante a Nelson:
—¿Qué pretendes?
Nelson sostenía una copa alta entre los dedos, jugando con la muñeca mientras el vino tinto giraba dentro del cristal.
Alzó la mirada con calma; sus ojos oscuros mostraban una dureza helada, y su voz resultó tan cortante como un vidrio roto:
—Te has pasado de la raya, ¿eh? Ahora ya hasta te animas a romperle una botella en la cabeza a cualquiera.
Gisela apretó los dedos, crispándolos unos segundos, y replicó con tono seco:
—Esta muchacha solo trabajaba aquí a medio tiempo. Fue Joaquín quien la obligó a entrar. Si te queda un poco de conciencia, no deberías detenerme.
Delia, con los ojos llenos de lágrimas y una chispa de duda, preguntó:
—Gisela, ¿tú los conoces?
—¿Gisela?
Joaquín murmuró su nombre, frunciendo el ceño de inmediato.
—¿Tú eres Gisela?
¿La misma Gisela de la que Romina le había hablado tantas veces?
Gisela apretó los labios y le sostuvo la mirada, fría y firme:
—¿Y si sí? ¿Qué?
Con el rostro endurecido, Joaquín se acercó dos pasos, mirándola con una mueca torcida:
—Así que tú eres Gisela, ¿eh?
—¿Quieres jugarte el papel de heroína? Primero deberías ver si tienes con qué. Hoy no te vas de aquí.
El corazón de Gisela dio un vuelco. Sin perder tiempo, intentó jalar a Delia para escapar a la fuerza.
Pero Joaquín fue más rápido: dio un paso ágil y le sujetó la muñeca.
—Señor Nelson, Gisela me golpeó. No puede dejarla ir así nada más.
Joaquín sacó a relucir el nombre de Romina.
—Además, estas dos mujeres están mintiendo. Delia entró aquí de manera premeditada para provocarme, no fue que yo la obligara. Jamás la forzaría a nada.
Delia, con los ojos ardiendo de rabia, le gritó:
—¡Eres un desgraciado, Joaquín! ¡Tú fuiste el que me obligó!
Delia la miró, dudando y con el miedo reflejado en la cara:
—¿Y tú qué vas a hacer?
El gesto de Joaquín se ensombreció aún más.
Él prefería que ninguna de las dos pudiera salir, pero la decisión final era de Nelson y no podía llevarle la contraria.
Pero no importaba, Gisela era la que realmente le interesaba. No solo por lo del botellazo, sino por todo lo que Romina le había contado sobre ella y Nelson. Tenía una lista de cuentas pendientes con ella.
Gisela estudió el rostro de Nelson, tratando de descifrar alguna señal, y habló serena:
—No me va a pasar nada, tú vete primero.
Delia dudó, viendo a todos los presentes en el salón, sin terminar de decidirse.
De pronto, Gisela la empujó con fuerza por el hombro:
—¡Te dije que te vayas! Si te quedas, va a ser más difícil para mí.
Delia, apretando los dientes y con el puño cerrado, se dio la vuelta y salió corriendo.
Una vez que Delia se marchó, el asistente de Nelson también se retiró con sus hombres.
Gisela apenas iba a abrir la boca para hablar con Nelson, cuando Joaquín dio un paso adelante y, de forma brutal, le agarró el cabello. Gisela sintió un tirón agudo en el cuero cabelludo y frunció el entrecejo, aguantando el dolor.

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