Camelia entró en la habitación dos días después, flotando en una nube de arrogancia y perfume caro.
El encuentro de Julián había salido a la perfección. Le había entregado un sobre lleno de billetes, sintiéndose un héroe, y Thaís había reforzado su papel de hermana frágil y agradecida.
Ahora, era el turno de la usurpadora.
—¡Mira lo que te traje! —dijo Camelia, dejando un enorme ramo de peonías rosas en la mesita de noche—. Para alegrar la habitación.
—Son preciosas, Camelia. Gracias.
Thaís le dedicó una sonrisa tímida.
Camelia se sentó en el sillón, cruzando las piernas. Llevaba una cartera de piel de cocodrilo que Thaís reconoció como uno de sus propios diseños de edición limitada.
Abrió la cartera y sacó un cuaderno de bocetos.
El corazón de Thaís se detuvo por un segundo.
No era cualquier cuaderno.
Era su cuaderno personal. El de tapas de cuero negro, donde no dibujaba colecciones terminadas, sino ideas crudas, inspiraciones, garabatos de medianoche. Era la parte más íntima y secreta de su proceso creativo.
Camelia lo abrió con una familiaridad insultante.
—He estado trabajando sin parar —dijo, con un suspiro de falsa modestia—. Es agotador, pero la inspiración no para de llegar. Quiero mostrarte algo. A ver qué te parece.
Le dio la vuelta al cuaderno.
En la página, dibujado con un trazo torpe que intentaba imitar el suyo, estaba uno de sus diseños más recientes y complejos: un vestido de noche inspirado en la estructura de una orquídea negra. Era un diseño que ni siquiera había discutido con su equipo. Nadie, excepto ella, debería conocerlo.
La rabia le subió por la garganta, un ácido hirviendo. Quería arrancarle el cuaderno de las manos, gritarle, exponerla.
Pero se contuvo.
En su lugar, abrió los ojos de par en par, una expresión de asombro infantil en su rostro.
—Guau…
Acercó la mano, rozando el papel con la punta de los dedos, como si fuera algo sagrado.
—¿Esto… lo has dibujado tú?
La carnada estaba servida. Camelia era una ladrona, sí, pero una ladrona sin talento propio. Una imitadora. Y ahora, estaba convencida de que su víctima no solo no la recordaba, sino que la admiraba.
Había bajado la guardia por completo.
Camelia cerró el cuaderno, sintiéndose la reina del mundo.
—Descansa, hermanita. Tengo que ir a una reunión. Pero no te preocupes, el futuro de Monteverde está asegurado.
Salió de la habitación, dejando tras de sí una estela de perfume y autocomplacencia.
Thaís la siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró.
La sonrisa frágil desapareció de su rostro, reemplazada por una expresión de desprecio glacial.
Disfruta de tu momento, pequeña ladrona.
Disfrútalo mientras dure.
Porque cuando yo vuelva, me aseguraré de que no puedas volver a sostener un lápiz en tu vida.

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