Era tarde, la hora en que el hospital se sumía en un silencio solo roto por el eco de los pasos de las enfermeras en el pasillo.
Liam se había ido hacía una hora, después de asegurarse de que Thaís se tomara su "medicina para dormir".
Pastillas que, una vez más, descansaban en un pañuelo escondido bajo su almohada.
Estaba despierta, con los ojos abiertos en la oscuridad, trazando mapas de venganza en el techo de su mente, cuando un sonido casi imperceptible la alertó.
Un clic suave en la puerta.
Se quedó inmóvil, el corazón martilleándole en el pecho. ¿Liam? ¿Había vuelto?
La puerta se abrió con una lentitud agónica, un centímetro a la vez.
Una figura delgada y ágil se deslizó dentro de la habitación, moviéndose con el sigilo de un gato.
Thaís entrecerró los ojos, su cuerpo tenso como un resorte.
La figura se acercó a la cama y la luz de la luna que se filtraba por la ventana iluminó un rostro familiar.
Un rostro enmarcado por una melena de rizos rebeldes y unos ojos oscuros que ardían con una mezcla de furia y preocupación.
Virginia.
Su mejor amiga.
El alivio fue tan abrumador que a Thaís casi se le escapa un sollozo. Tuvo que morderse el labio para reprimirlo.
—Thaís…
La voz de Virginia era un susurro roto.
Se abalanzó sobre la cama y la abrazó, con una desesperación que lo decía todo.
—Dios, Thaís, te juro que si no me dejaban entrar hoy, iba a prenderle fuego a este maldito hospital.
Thaís le devolvió el abrazo, aferrándose a ella, a ese ancla de realidad y lealtad en su océano de mentiras. Era el primer contacto honesto que tenía en semanas.
—Ese imbécil de Liam me tiene vetada —siseó Virginia, apartándose para mirarla a los ojos—. Tiene guardias en la entrada. Tuve que sobornar a una enfermera y entrar por el área de servicio. ¿Qué demonios está pasando?
Thaís abrió la boca para hablar, para gritar la verdad.“Liam intentó matarme. Me empujó. Todos son unos traidores”.Pero las palabras murieron en su garganta.
No podía. No todavía.
La habitación podía tener micrófonos. Liam podía volver en cualquier momento. Un solo error, una sola palabra fuera de lugar, y su plan se derrumbaría. Su vida volvería a estar en peligro.
Tenía que seguir siendo la víctima.
Una enfermera apareció en la puerta, con el ceño fruncido. La que Virginia había sobornado, probablemente asustada de perder su trabajo.
Virginia soltó a Thaís, levantándose de un salto.
—Solo me estaba despidiendo.
Se inclinó de nuevo sobre Thaís, su boca cerca de su oído.
—Voy a sacarte de aquí —susurró, tan bajo que fue casi un pensamiento—. Te lo juro por mi vida.
Le dio un beso rápido en la frente y se fue, escoltada por la enfermera.
Thaís se quedó sola de nuevo, el corazón latiéndole con una fuerza renovada.
La frustración de no poder hablar era inmensa.
Pero la conexión silenciosa con su amiga, esa promesa susurrada, era un salvavidas.
Ya no estaba completamente sola en la jaula.
Alguien más sabía que los lobos andaban sueltos. Y estaba dispuesta a luchar.

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