Virginia salió del ascensor de servicio y entró en el estacionamiento subterráneo del hospital como un huracán.
La frustración y la rabia eran un fuego que le quemaba el pecho.
Una cosa era que Liam, ese maldito muñeco de traje caro, le prohibiera la entrada. Otra muy distinta era ver el terror en los ojos de su mejor amiga.
No era la mirada perdida de alguien con amnesia.
Era la mirada de un animal enjaulado.
Conocía a Thaís desde que eran niñas. Había visto esa mirada antes. Era la misma mirada que Thaís tenía cuando su padre la encerraba en su cuarto por sacar malas notas. Era una mirada que decía: “Estoy atrapada y necesito que me saques de aquí”.
Liam mentía. Todos mentían.
El “accidente” era una farsa. Estaba segura.
Llegó a su auto, un convertible deportivo rojo que contrastaba con la penumbra del estacionamiento. Buscaba las llaves en su bolso cuando dos figuras enormes le bloquearon el paso.
Eran altos, corpulentos, vestidos con trajes negros idénticos que no lograban disimular los músculos que había debajo. Tenían el aspecto de gorilas con auriculares.
Eran los mismos hombres que había visto en la entrada principal. Los perros guardianes de Liam.
—Señorita Álvarez —dijo uno de ellos. Su voz era grave y monótona, sin ninguna inflexión—. El señor Moreno nos ha pedido que le recordemos amablemente que sus visitas no son bienvenidas en este momento.
Virginia soltó una carcajada, un sonido agudo y lleno de desprecio.
—¿Amablemente? ¿Es por eso que me mandó a sus dos matones? ¿Qué pasa, tiene miedo de que una mujer de metro sesenta le arruine sus planes?
El otro hombre dio un paso al frente. Era aún más grande que el primero.
—Le pedimos que coopere. La salud de la señorita Monteverde es la prioridad. El estrés podría perjudicar su recuperación.
—¿Estrés? ¿O será que tienen miedo de que le recuerde quién es su marido en realidad? ¡Un maldito mentiroso!
Dio un paso para rodearlos, pero el primer hombre se interpuso en su camino, un muro de músculo y tela barata.
Las llamadas de Thaís iban directamente al buzón de voz de un teléfono roto. Los correos electrónicos no eran respondidos. Y ahora, el acceso físico le era negado.
Golpeó el volante con el puño.
Se sentía inútil. Derrotada.
Pero entonces, recordó la mirada de Thaís. Esa súplica silenciosa.
La determinación regresó, ahogando la impotencia.
Si no podía entrar, encontraría otra manera. Si Liam había construido un muro alrededor de Thaís, ella encontraría una grieta. O si no, lo derribaría a martillazos.
Iba a investigar ese "accidente". Iba a hablar con la policía, con los testigos, con quien fuera necesario.
Liam Moreno había cometido un grave error al subestimarla.
Y se iba a arrepentir.

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