Con el mapa de la situación claro en su mente, una rabia fría la consumía.
Necesitaba una válvula de escape, un acto pequeño y controlado para poner a prueba sus nervios y la solidez de su máscara.
La oportunidad perfecta entró por la puerta esa tarde, pavoneándose sobre un par de tacones arrogantes.
Camelia entró en la habitación como si fuera la dueña del lugar.
Llevaba un vestido blanco ceñido, demasiado revelador para una visita de hospital, y unas gafas de sol de diseñador sobre la cabeza.
Y en el brazo, llevaba un bolso nuevo.
Era un modelo de edición limitada de una marca de lujo francesa, de piel de cocodrilo en un tono crema casi blanco. Thaís reconoció el diseño al instante. Era un bolso que costaba más que el sueldo de un año de una de las enfermeras. Un capricho obsceno.
—Hola, querida —dijo Camelia, su voz empalagosa goteando falsa compasión—. Te he traído un poco de jugo de naranja natural. Recién exprimido. Para que recuperes las vitaminas.
Dejó un vaso en la mesita de noche y colgó su nuevo y flamante bolso en el respaldo de la silla vacía que había junto a la cama de Thaís.
Lo colocó con un cuidado exagerado, en una posición para que la luz de la ventana hiciera brillar el logo dorado.
Estaba presumiendo. Era un acto deliberado para recordarle a Thaís quién estaba ahora al lado de Liam, quién disfrutaba de su dinero.
Thaís la miró con su habitual expresión de fragilidad.
—Gracias, Camelia. Eres muy amable.
Tomó el vaso de jugo. Sus manos, que gracias a la fisioterapia secreta eran cada día más fuertes y estables, fingieron un temblor incontrolable.
—Cuidado, te vas a manchar —dijo Camelia, con un tono condescendiente—. Déjame que te ayude.
—No, no, yo puedo… —respondió Thaís, su voz temblorosa.
Y entonces, “accidentalmente”, su mano temblorosa se inclinó demasiado.
El vaso de jugo de naranja, lleno hasta el borde, se derramó.
No sobre la cama. No sobre el suelo.
Sino en un arco perfecto que aterrizó directamente sobre el bolso de piel de cocodrilo color crema.
Tuvo que tragarse su rabia, y a Thaís le pareció delicioso ver cómo lo hacía.
—No… no te preocupes —dijo entre dientes, su sonrisa más parecida a una mueca de dolor—. Es solo… un bolso. Los accidentes ocurren.
Tomó el bolso manchado con la punta de los dedos, como si fuera un animal muerto, y se dirigió a la puerta.
—Creo que… será mejor que me vaya. Necesitas descansar.
Salió de la habitación dando un portazo.
Thaís se quedó sola, escuchando el eco de los tacones furiosos de Camelia alejándose por el pasillo.
Miró el pequeño charco de jugo de naranja en el suelo.
Una sonrisa lenta y genuina se extendió por su rostro.
Era un acto pequeño. Insignificante en el gran esquema de las cosas.
Pero había sido inmensamente satisfactorio.

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