Esa última noche, el miedo de ellos era su serenata.
El hospital, que había sido su prisión, ahora parecía más silencioso que nunca, el preludio de la tormenta que estaba a punto de desatar.
Thaís no durmió.
Se quedó sentada en la cama, la luz de la luna proyectando largas sombras en la habitación. Era como un escenario esperando a que comenzara la obra.
Con la tablet apagada y guardada, repasó su plan en la mente, una y otra vez.
Cada paso. Cada movimiento. Cada contingencia.
El primer objetivo era Aura. Tenía menos de cuarenta y ocho horas para detener la venta.
Ya había trazado un plan. Implicaba a uno de los nombres de la lista de Virginia, Fernando Benítez, su antiguo y leal director financiero. Necesitaba contactarlo, pero ¿cómo? Tendría que usar su nueva libertad, su regreso a casa, para encontrar una manera. Quizás a través de una enfermera privada que Liam seguramente contrataría para vigilarla. Una nueva pieza en el tablero.
Luego, vendría el resto.
Recuperar a sus aliados. Exponer a sus enemigos. Desmantelar el poder de Liam desde dentro, pieza por pieza. Usaría su propia empresa como arma contra él.
La amnesia seguiría siendo su escudo y su espada. Le permitiría moverse sin levantar sospechas, hacer preguntas inocentes, cometer “errores” que en realidad serían ataques calculados.
Se sentía extrañamente tranquila.
La rabia seguía allí, un núcleo de hielo en su pecho, un motor que nunca se apagaba. Pero ahora estaba controlada. Enfocada.
Era la calma de un estratega antes de mover la primera ficha en una partida que decidiría su vida.
La puerta se abrió suavemente, sin hacer ruido.
Era Liam.
Se levantó y se fue, cerrando la puerta tras de sí.
Thaís se quedó mirando el punto donde él había estado.
“Mañana volvemos a casa”, había dicho él.
Ella repitió las palabras en su mente, pero con un significado completamente diferente.
Mañana vuelvo a mi territorio.
Mañana empieza el verdadero juego.
Mañana empiezo a reclamar lo que es mío.

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