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Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo romance Capítulo 26

El trayecto desde el hospital hasta la mansión fue un borrón de árboles y edificios que se deslizaban tras la ventanilla tintada del coche.

Liam conducía, una mano en el volante y la otra sobre la de Thaís, apretándola con una ternura que era pura ponzoña.

—Ya casi llegamos, mi amor. Vas a ver qué bien te sientes en casa.

Thaís miraba por la ventana, su reflejo una máscara pálida y ausente.

Casa.

La palabra le sonaba extraña, ajena.

Cuando el coche atravesó las imponentes puertas de hierro forjado y enfiló el camino de entrada flanqueado por jacarandas, un nudo se le formó en el estómago.

Recordaba cada detalle de la fachada de estuco blanco, las tejas rojas, el balcón de su dormitorio.

Pero no sentía la calidez del hogar.

Sentía el frío de una fortaleza enemiga.

Liam la ayudó a bajar del coche con un cuidado exagerado, pasando un brazo por su cintura como si fuera a romperse.

—Despacio, cariño. Con calma.

El personal de servicio estaba alineado en la entrada. La jefa de personal, la señora Elena, una mujer que llevaba décadas con su familia, la miró con una mezcla de pena y algo más, algo que Thaís no supo descifrar.

—Bienvenida a casa, señora —dijo Elena, su voz formal, pero con un temblor casi imperceptible.

Los demás murmuraron saludos respetuosos.

Thaís vio sus rostros. Algunos la miraban con compasión. Otros, con una curiosidad morbosa. Unos pocos, los más nuevos, con una indiferencia que dolía más que cualquier otra cosa.

—Gracias a todos —susurró Thaís, aferrándose al brazo de Liam, interpretando su papel de mujer desvalida.

Y entonces, la vio.

Camelia estaba de pie en lo alto de la escalera principal, como la dueña y señora del lugar.

Llevaba un vestido de seda color esmeralda que contrastaba con la barandilla de mármol.

Su sonrisa era pura condescendencia.

—¡Thaís, querida! ¡Qué alegría tenerte de vuelta!

Bajó las escaleras con una gracia estudiada y se acercó para abrazarla.

En el armario, entre sus trajes de diseño, colgaban vestidos llamativos y vulgares.

Camelia no solo se había acostado con su marido. Se había instalado en su vida, en su espacio más íntimo.

—¿Quieres que te ayude a ponerte cómoda? —preguntó Liam.

—No, gracias —dijo Thaís, sentándose en el borde de la cama—. Solo… necesito un momento a solas. Para… procesar.

Liam asintió, su rostro una máscara de comprensión.

—Claro, mi amor. Tómate tu tiempo. Estaremos abajo.

Cerró la puerta, dejándola sola en el silencio.

Thaís se quedó inmóvil, escuchando el latido de su propio corazón.

No estaba en casa.

Estaba en la guarida del lobo.

Y acababa de entrar por su propio pie.

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