La mañana siguiente, la mansión despertó con una atmósfera cargada de electricidad.
Thaís bajó a desayunar a las ocho y media, con su habitual paso lento y su mirada perdida.
Encontró a Liam en el comedor, ya vestido con un traje impecable, pero su apariencia no lograba ocultar la tormenta que se gestaba en su interior.
No estaba comiendo.
Estaba de pie, junto a la ventana, con el teléfono pegado a la oreja.
Su voz era un siseo bajo y letal.
—No me importa cuáles sean tus excusas, Sara. No me importa si hubo una actualización del sistema. Tu único trabajo es asegurarte de que mi agenda sea perfecta. ¡Perfecta!
Thaís se sentó a la mesa en silencio, observándolo por el rabillo del ojo mientras se servía un poco de fruta.
—¿Cómo es posible que una llamada con nuestro proveedor más importante en Lyon esté agendada a las nueve de la noche? ¡Usa la cabeza! ¡Son las tres de la madrugada en Francia! ¿Crees que me iban a esperar despiertos?
Hubo una pausa. La asistente, Sara, debía de estar intentando defenderse.
La paciencia de Liam se rompió.
—¡No! —gritó, su voz resonando en el silencioso comedor—. ¡No quiero oírlo! He perdido el acuerdo. ¿Lo entiendes? ¡Lo he perdido por tu incompetencia! Estás despedida. Recoge tus cosas.
Colgó con una violencia que hizo que el teléfono casi se rompiera en su mano.
Se quedó de espaldas a Thaís, respirando profundamente, intentando recuperar el control.
Thaís cortó un trozo de papaya con el cuchillo, el sonido metálico apenas audible.
—¿Pasa algo, cariño? —preguntó, su voz llena de una somnolienta inocencia.
Liam se giró. Su rostro era una máscara de furia contenida. Al ver a Thaís, intentó suavizar su expresión, pero no lo consiguió del todo.
—No es nada, mi amor. Solo un problema con una empleada inútil.
Pero su máscara era perfecta. Era la viva imagen de la confusión y la fragilidad. Nadie podría sospechar de ella.
—No lo sé, cariño. La tecnología es tan complicada —dijo, con un suspiro—. A mí me pasa todo el tiempo con la tablet que me regalaste. Toco algo sin querer y todo se desordena.
La explicación pareció calmarlo. La idea de que su esposa, en su estado, pudiera llevar a cabo un sabotaje tan preciso era, simplemente, ridícula.
La culpa tenía que ser de su asistente. O de un fallo del sistema.
—Tienes razón —dijo él, aunque su voz seguía tensa—. Es solo… un contratiempo. Lo solucionaré.
Pero Thaís vio la duda en sus ojos.
La semilla de la desconfianza había sido plantada. Ya no solo desconfiaba de sus empleados. Empezaba a desconfiar de la realidad misma.
Y esa paranoia, Thaís lo sabía, sería un arma mucho más poderosa que cualquier sabotaje.

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