Camelia recitó su presentación de memoria, sus palabras un torpe eco de lo que seguramente Liam le había hecho memorizar.
Habló de “inspiración urbana” y “feminidad moderna”, clichés vacíos que no significaban nada.
Los miembros de la junta escuchaban con expresiones pétreas, sin mostrar entusiasmo alguno.
—Y el componente clave de esta nueva línea —continuó Camelia, llegando al punto culminante—, será la exclusividad de los materiales. Usaremos una piel de becerro italiano de la más alta calidad, proveniente de nuestro nuevo y exclusivo proveedor, “Pelle d’Oro”.
Mostró una diapositiva con el logo de la empresa proveedora y varias muestras de cuero de colores vibrantes.
Liam asintió, sonriendo a los miembros de la junta, como un mago orgulloso de su truco.
En ese momento, Thaís, desde su rincón, habló por primera vez.
Su voz era suave, casi un susurro, pero cortó la tensión de la sala como un cuchillo.
—Perdón…
Todos se giraron para mirarla, sorprendidos.
—Perdón que interrumpa —dijo, con una mirada de absoluta confusión—. Es que ese nombre… “Pelle d’Oro”…
Se tocó la sien, como si intentara atrapar un recuerdo escurridizo.
—Me suena de algo. ¿No eran ellos los que tuvieron… un pequeño problema… hace un par de años?
Liam la miró, su sonrisa congelada.
—No sé a qué te refieres, Thaís. Son uno de los proveedores más reputados de la Toscana.
—Sí, sí, lo sé —dijo ella, su voz temblorosa, como si no estuviera segura de lo que decía—. Pero… recuerdo una conversación con papá. Sobre pieles. Dijo algo de… piel sintética de alta gama. De imitación. Que era casi imposible distinguirla de la real. Y que alguien la estaba vendiendo como si fuera auténtica. Creo que era esa empresa…
Un murmullo recorrió la mesa.
Si defendía a Camelia, parecería un incompetente que no había hecho la debida diligencia.
Si admitía el error, la credibilidad de su nueva directora creativa se desplomaría por completo.
Los miembros de la junta se miraban unos a otros, sus rostros una mezcla de alarma y desconfianza.
La reunión se había descarrilado.
Thaís se recostó en su sillón, su rostro una máscara de inocencia y confusión.
Era su primer golpe directo.
Y lo había dado sin levantar la voz, sin hacer una sola acusación.
Simplemente, con un recuerdo.

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