En cuanto el último miembro de la junta se fue, la falsa amabilidad de Liam se evaporó.
La sala de juntas quedó en un silencio tenso y pesado. Camelia se había quedado en un rincón, mordiéndose las uñas, demasiado asustada para hablar.
—Thaís —dijo Liam, su voz peligrosamente tranquila—. A mi despacho. Ahora.
Se dio la vuelta y caminó hacia su despacho sin esperarla. No era una petición. Era una orden.
Thaís se levantó de su sillón, su corazón latiendo con una mezcla de miedo y expectación. La confrontación era inevitable.
Entró en el despacho. Liam había cerrado las cortinas, sumiendo la habitación en una penumbra que acentuaba la tensión.
Estaba de pie detrás de su escritorio, sus manos apoyadas en la madera de caoba. La miraba con una intensidad que nunca antes le había visto. Era la mirada de un depredador que finalmente acorrala a su presa.
—Siéntate —dijo.
Thaís se sentó en la silla de cuero frente a él, manteniendo su expresión de fragilidad, aunque sentía que sus músculos estaban tensos como cuerdas de acero.
Él la observó en silencio durante un largo minuto, un minuto que se sintió como una eternidad.
—Qué casualidad, ¿no crees? —dijo finalmente, su voz goteando sarcasmo—. Qué increíble casualidad que, de entre todos los recuerdos confusos que flotan en tu cabeza, justo hoy te hayas acordado de un oscuro escándalo de proveedores de hace dos años.
Thaís lo miró, sus ojos muy abiertos, como un ciervo asustado.
—Yo… no lo sé, Liam. Simplemente… apareció. El nombre… me sonaba…
—Te sonaba —repitió él, arrastrando las palabras—. Y con ese recuerdo que “te sonaba” has destruido una presentación de meses de trabajo, has humillado a Camelia y me has hecho quedar como un idiota delante de toda la junta directiva.
Se inclinó sobre el escritorio, su rostro a centímetros del de ella.
—Empiezo a pensar que no estás tan perdida como quieres hacernos creer. Empiezo a pensar que recuerdas mucho más de lo que dices.
El pánico que sintió Thaís fue real. Había subestimado su capacidad de sospecha. Se había acercado demasiado al sol.
Necesitaba actuar. Y rápido.
Su respiración se aceleró. Su cuerpo comenzó a temblar. No era del todo fingido; el miedo era un catalizador perfecto.
—No… no sé de qué me hablas… —jadeó, llevándose una mano al pecho—. Yo solo… quería ayudar…
El ataque de Thaís llegó a su clímax. Sollozó incontrolablemente, su cuerpo convulsionando.
Liam, superado por la situación, rodeó el escritorio y la sacudió suavemente por los hombros.
—Thaís, respira. Estás a salvo. Estás en casa. Fue un accidente.
Ella lo miró, sus ojos desenfocados, y luego pareció desmayarse, su cabeza cayendo hacia un lado.
Él la sostuvo, su rostro una mezcla de frustración, confusión y, quizás, una pizca de culpa.
La había presionado demasiado. Había provocado una crisis.
Sus sospechas, por ahora, se habían disuelto en la abrumadora evidencia de su fragilidad.
La levantó en brazos y la llevó fuera del despacho, gritando a una criada que llamara al médico.
Thaís mantuvo los ojos cerrados, su cuerpo inerte en sus brazos.

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