Pasaron varios días. La tensión en la mansión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
Liam apenas hablaba. Pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su despacho, al teléfono, intentando apagar los fuegos que se habían iniciado.
Camelia evitaba a Thaís a toda costa, lanzándole miradas de odio cuando creía que nadie la veía.
Thaís, por su parte, interpretó su papel de convaleciente a la perfección. Dormitaba en los sofás, daba paseos cortos por el jardín y hablaba en susurros.
Pero bajo esa fachada de debilidad, su mente trabajaba a toda velocidad.
Había ganado algunas batallas, pero seguía siendo una prisionera en su propia casa. Necesitaba acceso. Necesitaba información. Necesitaba estar en el centro de operaciones.
Necesitaba volver a la empresa.
Eligió el momento adecuado durante el desayuno, una mañana de sábado.
Liam parecía un poco más relajado. El sol entraba por los ventanales y Thaís sabía que él siempre había sido más receptivo por las mañanas.
—Liam… —dijo ella, con voz suave, después de un largo silencio.
Él levantó la vista de su café, sorprendido de que ella iniciara la conversación.
—¿Sí, mi amor?
—He estado pensando…
—¿Sí?
—Me siento tan… inútil aquí —dijo, mirando sus manos sobre la mesa—. Todo el día sin hacer nada. Solo… existiendo. El médico dijo que un entorno familiar podría ayudarme a recordar. Y… y mi familia siempre fue la empresa.
Liam la miró con cautela.
—¿A dónde quieres llegar, Thaís?
—Quiero… quiero volver a la oficina —soltó ella, como si la idea la asustara—. No para trabajar, claro. No podría. Pero quizás… si estoy allí, si veo las telas, si oigo las conversaciones… quizás algo vuelva.
Él dejó la taza sobre el plato con un ruido seco.
Él suspiró, como si estuviera cediendo a un capricho infantil.
—Está bien.
El corazón de Thaís dio un salto, pero su rostro no mostró nada más que un alivio tembloroso.
—Puedes venir a la oficina a partir del lunes —continuó él—. Pero con condiciones. Nada de estrés. Nada de responsabilidades. Harás tareas sencillas. Y me informarás de todo lo que hagas. ¿Entendido?
—Sí —susurró ella—. Entendido. Gracias, Liam. Gracias.
Se levantó y le dio un beso en la mejilla, un contacto que le revolvió el estómago pero que era necesario para el teatro.
Él no lo sabía.
No sabía que no estaba aceptando a una asistente.
Estaba dejando que el caballo de Troya entrara por la puerta principal de su fortaleza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Después de que mi Esposo me Lanzó de un Acantilado, Regresé para Destruirlo Todo