El lunes por la mañana, Thaís entró en el edificio de Monteverde Lux por primera vez en meses.
El vestíbulo de mármol blanco y cristal, que ella misma había diseñado para ser un espacio luminoso y acogedor, le pareció frío e imponente.
Liam la llevaba del brazo, una sonrisa de suficiencia en su rostro. Era el esposo devoto trayendo a su frágil mujer de vuelta al mundo. Una actuación para los empleados.
Y los empleados actuaban en consecuencia.
Las recepcionistas la saludaron con voces temblorosas y miradas de lástima.
La gente que pasaba por el vestíbulo se detenía, susurraba y luego apartaba la mirada, como si estuvieran viendo a un fantasma.
Thaís mantuvo la cabeza gacha, su cuerpo ligeramente encorvado, aferrándose al brazo de Liam como si fuera su único ancla en un mar de rostros extraños.
—Tranquila, mi amor. Estás en casa —le susurró Liam, lo suficientemente alto para que los demás lo oyeran.
Subieron en el ascensor privado hasta la planta ejecutiva.
El corazón de Thaís latía con fuerza, pero no de miedo. Era la adrenalina de un soldado infiltrándose en territorio enemigo.
Las oficinas de diseño, antes un hervidero de creatividad y energía, ahora parecían silenciosas y grises. La gente trabajaba con la cabeza gacha, el miedo flotando en el aire.
La antigua oficina de Thaís, la más grande, con vistas panorámicas de la ciudad, ahora tenía una placa dorada en la puerta: “Camelia Rodríguez - Directora Creativa”.
Liam pasó de largo sin mirarla.
La llevó por un pasillo secundario, hacia una zona que antes se usaba para almacenamiento.
Se detuvo frente a una puerta sin placa.
—He preparado un pequeño espacio para ti —dijo, abriendo la puerta—. Un lugar tranquilo, donde nadie te moleste.
La “oficina” era un antiguo almacén de material de papelería.
No tenía ventanas. Las paredes estaban pintadas de un blanco estéril. Habían metido un pequeño escritorio de metal, una silla de oficina barata y un ordenador antiguo.
Era una humillación deliberada. Un recordatorio constante de su nuevo lugar en el mundo que ella había creado.
—Bien. Te dejo para que te instales. Te he dejado una pequeña lista de tareas en el escritorio. Cosas sencillas. Para que no te estreses.
Salió y cerró la puerta.
Thaís se quedó sola. La sonrisa desapareció de su rostro, reemplazada por una expresión de fría determinación.
Miró a su alrededor.
Liam creía que la había encerrado en una jaula.
Pero no se daba cuenta de que le había dado exactamente lo que necesitaba.
Un escondite.
Un puesto de observación perfecto, en el corazón de su imperio, donde nadie pensaría en buscarla.
La mujer invisible.

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